viernes, 4 de octubre de 2019

La palabra: el ladrillo que sustenta la verdad alquímica que funda la ciudad del sueño, en la prosa poética de José Enrique Delmonte. por Jennet Tineo

Jennet Tineo

La pelota qué arrojé
cuando jugaba en el parque
aún no ha tocado el suelo.
Dylan Thomas

Un incendio en medio de la nada fundó las estrellas, provocado en su efecto por causas ocultas en lo oscuro, semillas que sólo son conocidas por las manos del sabio, iniciado avanzado en operar el cuerpo incorruptible del absoluto, poderosas armas que las mentes profundamente despiertas insinúan y conocen. Estas armas son herramientas que construyen ideas, sistemas y estructuras, tienen la capacidad de destruir en la misma sagrada medida en que crean los mundos posibles.
José Enrique Delmonte lleva la palabra como un sino de su memoria, la lleva intacta como la ciudad que evidencia y describe en su libro Alquimias de la ciudad perdida, y es precisamente ella, la palabra, la bailarina iluminada en el escenario del cosmos, esa malabarista incandescente que funde internamente lo que es: en la materia, lo que es: más allá de lo tangible y muestra el origen de todo.
Alquimias de la ciudad perdida es una recopilación de textos breves, escritos en prosa poética, estampas y relatos que nos citan en lugares donde lo real y lo imaginario pierden la fina línea guía que los sujeta. José Enrique Delmonte logra en ellos trasmutar, en ese cruce de realidades y sueños, lo fantástico y es allí donde reside lo poético.
Un discreto viaje literario que comienza con la idea, donde se esgrime “un grito de guerra contra el olvido”, y es que antes de continuar sobre las líneas y lo que develan, debemos decir que la ciudad, y así nos lo plantea este arquitecto poeta, no es esto que capturan los sentidos en el instante; la ciudad esa que es plena y real, es la que almacenamos en nuestras memorias, la ciudad es un fantasma mental, no está construida de materia; está construida de los átomos transparentes de la idea, que se alza como piedra para sólo ser a partir de cómo es recordada, y sólo esto tiene sentido en su aire.
“Eran tenues carpinteros fabricantes de instrumentos capaces de abrir los sentidos de los que habitan un mundo ciego y estridente. Eran los que regaron el oficio. Eran los pioneros…” Así nos describe Delmonte a esos padres hacedores, forjadores del principio, que conciben en sus sendas los nuevos caminos que marcaran los pasos del futuro, ese fruto que se come congelado, bajo un sol implacable.
A partir de la esfinge que la idea es sobre la isla, surge el sistema, y es en esta parte que comienza a evidenciarse la formula mediante la que se pasan uno y otros la sabiduría y el conocimiento, porque la solidez de las civilizaciones comienza en los cimientos, y esos cimientos son vocablos evocados y específicos que unos pocos conocen, y como bien nos dice la narración: era lo mismo que formar una fila para seguir el camino de la espalda, yo te sigo, tú me sigues y nadie debe mirar atrás, se trata de una filosofía hermética, pues como dice Hermes Trismegisto; “Los labios de la sabiduría permanecen sellados excepto para el oído capaz de comprender.”
El origen del caribe y sus ciudades de sol, cuyos puntos cardinales orientan a quien escribe y quien escribe edifica la urbe sobre el misterio, en la narrativa de José Enrique, nos recuerda a Macondo en sus personajes y sus imposibles reviviéndonos el alma; y seguimos el intermitente rastro de la luz, que realza bajo su lluvia incesante: la Estructura, título del tercer relato del libro.
En este encontramos un mantra salvador de la piedra y la argamasa que dice: “Soy capaz de levantarte, oh muros, y colgarte oh vigas para hacer de ti un palacio de envidias”. Se transforma en un canto inesperado que incita al lector a continuar lentamente hasta alcanzar la alquimia de la ciudad resuelta.
Los brazos abiertos de las metáforas, tienden alfombras de verde pasto para volar desde el punto fijo que este narrador omnisciente nos presenta en cada entrega, aborda la nave del relato breve tipo estampa, creando imágenes que invaden y se mezclan, podemos descubrirlo en un lenguaje nuevo, que eleva lo técnico al arte, buscando sublimar e hipnotizarnos vinculando personajes míticos, mitológicos de la historia universal con personajes citados desde su inventiva de creador, personajes que nos recuerdan espacios y escenas de la infancia, eso que nos es común en la maleta de nuestras experiencias.
En la Propuesta, cuarto relato del libro podemos abrazarnos con fuerza de estas líneas impactantes que dicen: “Al golpe del primer tambor resonaron la tibia y el peroné que crujieron como leones alados en medio de la tundra. Paso a paso entre contrapuntos y corcheas…” Son estas palabras las que ambientan nuestra entrada a la noche, al movimiento telúrico que nos sugiere el escritor con la danza. Porque todo es movimiento, nada se escapa hacia lo estático, hay que estar ciegos para creer que las cosas no avanzan o retroceden, levemente todo es movimiento.
Llegan Rómulo y Remo acompañados de Nerón a la costa, y puede sentirse en su llegada el olor de la sal, la determinación y el fuego, el dolor propio del inicio y es así como acompañados de estas figuras universales se reescribe la historia, y una nueva ciudad surge desde el viejo cascarón de la otra, esa que fue escribiéndose desde la otra orilla.
Una implacable señal impregna el sexto relato, bajo el título de la Esperanza, la esperanza que se instala  en nuestras sienes como un programa-consecuencia, eso que surge en los momentos más angostos del camino, es en este relato donde todos los lectores terminamos implicados y sin vuelta atrás comprometidos. “Y saltábamos en los charcos estivales y nos adornábamos con cadillos que crecían con nobleza como si fuesen nabos. Y cosíamos los ruedos con gamuza para hacer más ligera la pisada, ¡Qué momentos Dédalo como olvidarlos!”  Al involucrar el olvido, José Enrique Delmonte evidencia la gran brecha entre la naturaleza y los artificios,  un sutil;  pero vibrante planteamientos nos hace recordar el pasto virgen y su sensación en los pies, en su indomable altivez contra la tela,  hermosa postal del espacio vivo, eso que tú que también eres Dédalo no debes jamás extirpar de tu memoria.
El Compromiso termina siendo el puente de unión entre estas dos ciudades, la que se siembra en la tierra y la que se eleva hasta convertirse en un frondoso árbol en nuestras conciencias, por esto en el séptimo texto las verdades se plantean amargas, difíciles de tragar y a pesar de ello un encantador hilo de azúcar las corrompe exponiéndola en estas líneas: “Hay promesas que es mejor no conocerlas, que es mejor no dejarnos convencer por su franqueza. Son pequeñas carnadas fusionadas con almíbar para luego ser vendidas por centavos”.
Desde el fondo del octavo relato surge una consigna casi militar y extraordinariamente es la marca más terrible de nuestro destino como pueblo confitado en una isla que se divide en dos mitades, sin equilibrio y de desiguales distancias territoriales, estas son las palabras que siniestramente en el texto hacen eco en nuestra identidad isleña: “Se tiñó de cascaras la línea divisoria de la isla para humedecer la tea que había quedado encendida desde la última batalla”.
En la Pasión, noveno título al interior del libro, crece el realismo mágico orientado por la religiosidad, inequívoca característica de nuestra idiosincrasia, se personifica en un hombre cuya cruz nos recuerda a Cristo en su propia pasión, sólo que este personaje tenía la rara capacidad de establecer una nueva dimensionalidad a lo pesado y a la monumentalidad de su problemática, en su fantasía podía dormir ligero y en esa parte estalla un dilema moral, o quizás una solución desde el punto de vista emocional, encontrar un posible escape como quien cierra un poco los ojos para no ver y se relaja en medio de lo hostil, inevitablemente tenemos que pensar en nuestras propias posturas ante los problemas sociales, en muchas ocasiones redimensionamos a conveniencia las situaciones. Así el autor nos cita a todos ante el décimo relato, con la clara idea de plantearnos la Misión, establecer a partir de él nuevas reglas, utilizando una personalidad de la literatura, la escritora francesa del siglo XIX, George Sand, quien viene montada en una alondra a hechizar el mapa de la primada con sus pócimas inesperadas, que disfrutaran a lo largo del texto que da cuerpo a esta narración.
La luz rasga finalmente la túnica opaca del viejo casco urbano en su historia y fundación, con el planteamiento de la Visión desde el onceavo escalón de palabras descriptivas del onceavo relato. Surge en la determinación, la duda en esta oración: “Y pensaron regresar, desistir de esa locura de llamar los huracanes con dos piedras amarradas en un palo de limón”.  Pero la siesta le hizo imposible el regreso, no hay retorno para quien ya ha puesto un pie en la arena movediza de su propio destino. Doce marca el minutero, para percibir el somnífero sonido del Sueño, doceavo espacio textual del libro. La simbología sagradamente venerada por la ancestralidad nos provoca suspicacia al encontrarnos de frente con un cielo geométrico dispuesto a develarnos sus secretos más obtusos, esto se evidencia en el párrafo que dice: “Y el escribano hablo: señoras y señores, hoy somos testigos del nacimiento del símbolo, y la euforia destruyó el silencio de los presentes, que gritaron agitados, viva el rey y sus dominios, viva Persio y su designio de ensortijar nuestro destino, y se partió el cielo en triángulos sucesivos de treinta y tres grados y un rayo sinusoidal de color eneo casi similar al estaleo pero más pálido, se convirtió en martillo para girar sobre su centro y construir paredes y columnas, para levantar alfices y molduras, para cerrar las bóvedas de grandes luces soportadas sobre tierra humedecida, para coordinar los vértices donde colocar campanas que alcanzaran un día a responder con resonancias casi eternas los quejidos de los perdidos”. Así nos deja claro José enrique Delmonte el punto donde comienza la verticalidad de los sueños.
En la acción de convertir el metal inerte de lo pensado en resolución viva, aparece la Oferta, treceavo lugar de esta ciudad textual en su alquimia. En este experimentaremos el erotismo ofrecido desde los húmedos muros del deseo, una postal del paraíso; y nos habla del mar, de ciudades perdidas, el reino donde todo lo perfecto colisiona y desaparece, la Atlántida, esa visión mitológica de la utopía. Un aterrizaje forzoso en el Absurdo posición catorce del conteo, donde el escritor poetiza lo recurrente en el imaginario del libro y finalmente algo cambia, empujado desde el ritual de la prosa poética que caracteriza esta estampa.
Y es así como llegamos a trasmutarlo todo, cada texto es metido al fuego y su impacto, declarando la trasmigración de la idea de nación y su perdida desde los vericuetos del olvido, a la digestión de los elementos de un lenguaje nuevo formados por las letras de una ciudad configurada en su distancia perpetua, el relato número quince,  metafísico y trasgresor bajo el título de la Alquimia, encierra y libera el deseo como un ave que sobrevuela invadiendo cada grieta con el perfume propio de las posibilidades.
José Enrique Delmonte no sólo mueve nuestro mundo desde sus propuestas arquitectónicas y de prosa; sino que extiende el dominio de la construcción creativa desde las alas porosas de la poesía y surge el misterio del amor entre las sabanas con Once palabras que mueven tu mundo y otros poemas inéditos.
Once palabras que mueven tu mundo, poemario que exhibe una brillante sutileza, refresca los sentidos arrasados por la sensualidad del amor y la nostalgia: se extraña, se sufre, se reconoce en el otro un espejo y una perdida incalculable del espacio que llamamos propio; como cuando leemos esta estrofa del poema Al Cabo de los años que dice:
Cuando te veo
Pareces una espuma, que aún permanece
O una estela endurecida sobre aguas
O una marca que señala el vacío ya perdido
O tal vez
Una luciérnaga dando vueltas sobre vueltas
Un paso congelado

Y continúa diciendo:
Y te veo y peco sin piedad, sin aliento
Vuelco mi esperanza en tu techumbre
Duermo, varias veces, aprisionado por tus duendes.

Nunca deja de lado el poeta su capacidad de reconocer en las calles, esquinas inesperadas, espacios hechos de palabras y momentos; nunca deja de lado el poeta su capacidad de poetizar las formas, las estructuras, la cadencia y el ritmo de lo arquitectónico. La poesía cobra una fuerza distinta coloreada por vidrieras altas, vitrales de su alma y en poemas como En la otra orilla, la piel descubre una nueva textura cuando leemos:

Soñábamos las islas insomnes
Las líneas adyacentes que confinan al mundo
La espuma que nos traga en fantasías de dos puntas.
Y contábamos pendones amarrados al espejo:
Un pocito de favores
Una esquina de solsticios
Una almendra madurada entre tus manos
Un martillo
Y dos cajuelas.

Versos contundentes conspiran hasta producir un movimiento en el alma del que lee, y el poeta nos dice:
Te sabía una parada inevitable
Un pedazo de viento que somete latitudes
Un estío
Un sombra o tal vez un pétalo
Eternizado con tu nombre.
En el poema titulado Cuando el Olvido perdió la memoria, la figura humana se presenta en su división de géneros, enamorada y suspendida mientras el poeta nos eleva con esta estrofa.
El miro por un instante
Su figura
La entendía
Como un ritmo necesario del destino
La beso entre sus dedos
Calurosos, la abrazo y la lloro
El entonces dijo esa frase inesperada
Esa suma de figuras incesantes
Un conjunto de palabras destructoras de su símbolo.

La soledad es otra cosa en la poética de Delmonte, estar solos pasa a ser el disfrute de una presencia hecha de nostalgias, del privilegio de otro tiempo más hermoso en compañía, tal como exaltan estas líneas del poema Solos:
Después de la jornada
Apenas quedan rostros
Pocas nueces
Dos o tres vasos desechables
Suspendidos en el patio
La imagen inerte del desconocido
Que regó historietas ya gastadas…
Más adelante continua diciendo:
Marcas de migajas y sombras
que rodaron hacia donde fue la algarabía.

Lo mismo sucede en el poema Estas y existes, donde se me hace imposible no transcribirles estos versos hermosamente logrados:
Si te vas
Treparé despacio
Tenue
Ligero a las copas más oscuras.

Si te vas, moriré en la tarde que duele en la esquina solitaria.

La presencia del mar penetra la arquitectura azul del verso en la sal, la espuma, el agua y su ola; así nos dejamos poseer por el poema cuando intuido desde el vaivén, busca nombrar lo amado, como nos manifiestas estas estrofas del poema Escribo incesante tu nombre que dicen:
Es un giro de espumas y sales.
Una estela sembrada en mis noches.
Tal vez una línea
Sin bordes ni esquinas.
O quizás una niebla,
Un suspiro, una huella.
O una queja fijada en el tiempo.
Cuando tuerces
-al fin-
Pones tu línea en mis manos y escribo incesante tu nombre.
La danza y la sutileza del movimiento es un signo, signo de los cuerpos y sus orbitas, de lo femenino y lo masculino entendiendo su papel desde la interacción con el opuesto, derivando el absoluto en estos versos que anidan la música del vértigo cuando el poeta escribe:
En tu cercanía
-te juro- Detienes el mundo
En la danza que aún espera
Como si nada hubiese sido antes de nosotros.

El tiempo se maneja en los poemas como un perseguidor indiscutible de las palabras, que se agotan tras su paso invencible y efervesce en versos como estos del poema Suficientes vértices:
Dos zumbadores
Solo dos
en medio de los tantos cronogramas
Que llevamos para seguir adelante
Ya suena la hora y me espanto

Éxtasis pleno en la brevedad del poema que da título al libro: Once palabras que mueven tu mundo y respira en su caligrafía de humo tres encantadores versos en la sintonía de la luz que dicen:
La mano que te falta
Diluye
La mano que te toca

Grandioso, así en ese breve espacios de palabras crece la admiración de lo perfecto, a veces pensamos que para decir mucho hay que abundar, pero esto la verdadera poesía lo desvirtúa en su precisión, porque las palabras bien armadas de su ruido interior nos dejan esa vibración que se extienden más allá de su significado, al ritmo del alma y dicen mucho más que lo que puede leerse.
José Enrique Delmonte arquitecto y poeta es un genuino creador, está parado sobre el sentimiento dejándose provocar, inaugurando en sus metáforas e historias un relámpago que vincula mundos distintos, donde el arte crece como un puente indiscutible y perpetuo sobre las aguas incesantes de la experiencia humana.

Arquiteca y poeta Jennet Tineo
Puerto Plata, febrero 2015

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