José Enrique Delmonte
Blog del escritor, poeta y arquitecto José Enrique Delmonte Soñé
sábado, 9 de mayo de 2026
Inmersión en ‘La palabra más larga’: La voz a contratiempo de José Enrique Delmonte
POR: PRISCILA VELÁSQUEZ RIVERA
A José Enrique lo he conocido tres veces.
La primera, una mañana de 2007. En un evento sobre construcción. Allí conocí al arquitecto. Me sorprendió su lenguaje que parecía estar tan habituado al dibujo como a la palabra.
En él habitaba la paciencia de quien ha visto desmoronarse muchas fachadas y erguirse otras, pero que preservaba las que aún tuvieran memoria. Reconocí en él una afortunada sensibilidad.
La segunda vez fue en 2020. Cuando alguien le propuso presentar en un conversatorio mi ópera prima y el aceptó. Fue una apuesta temeraria: yo era una autora menos conocida y se exponía a los rigores de la crítica del entorno. Era un acto de fe. Y, aun así, lo hizo. Ese día conocí al caballero y al ser humano.
Y la tercera ha sido en su obra literaria. De manera puntual, a través de La palabra más larga, aquí he conocido al José Enrique Delmonte total, al poeta multipremiado que trasciende, que integra al arquitecto, al conservador de monumentos, al urbanista, al profesor, al gestor cultural y al ensayista, para dar sustancia a lo ingrávido a través del verso. Construyendo con palabras, espacios calculados hasta el último milímetro, como lo hacía el catalán, Premio Cervantes 2019 y también arquitecto Joan Margarit.
Lo primero que llamó mi atención de este poemario es que un poeta comprometido con el laconismo, reconocido además por esto, titulara su poemario La palabra más larga. Un texto, que debo confesar que disparó mi proceso creativo y despertó mi emoción con tal fuerza, hasta lanzarme a escribir un ensayo, que he titulado Inmersión en ‘La palabra más larga’ La voz a contratiempo de José Enrique Delmonte.
Después de leerlo varias veces, noto una voz singular, de furiosa sutileza, con personalidad y con una valentía estética que marca un nuevo rumbo en la poética del autor y en la creación contemporánea dominicana, y que, sin duda, tiene ecos de otros gloriosos tiempos y de otras geografías.
Parto de estos dos planteamientos:
1) Hay en La palabra más larga nuevas dimensiones que son la expresión de la búsqueda consciente por el autor de su voz propia. Si bien en sus dos poemarios anteriores —Once palabras que mueven tu mundo y La redondez de lo posible— trata temas como el amor y la belleza con su estilo lacónico usual, con su prolífica imaginación y su reconocida destreza, en este nuevo conjunto de poemas descubrimos otros espacios —algunos muy arriesgados— no explorados por él, donde preponderan lo mágico, lo desconocido y la profundidad del pensamiento.
2) Pese a coincidir con la opinión de muchos de que la trascendencia internacional de la literatura dominicana, sobre todo en la poesía, habría debido ser mayor considerando que nuestro país ha contado y cuenta con prominentes exponentes del género desde el siglo XIX hasta nuestros días (tendencia que por fortuna va cambiando), creo que estoy frente a un libro que también lo logrará.
Intentaré demostrar, descodificando tres poemas, la primera hipótesis en esta reseña.
La segunda se la dejo al tiempo.
Abro el libro como quien entra a una habitación silenciosa y empiezo a leer. Es con el siguiente epígrafe del poeta dominicano y fundador del postumismo, Domingo Moreno Jimenes, con lo que José Enrique me tiende la mano, me saluda, nos saluda anticipando cómo piensa, recogiendo en cuatro líneas cómo ve al mundo: «Yo concibo el arte inlímite, infinito por naturaleza e indefinido por sustancia; que no detiene jamás al ser su facultad de crear, que eslabona los anillos del hombre con el cosmos, en vez de romperlos...»
El rótulo de la edición es promesa, porque en cada página el poeta se desvanece para crear con una chispa infinita un universo mítico, intrépido, arriesgado, conformado de fauna, planetas, y almas ambiguas atrapadas en cuerpos insustanciales. Y lo mejor es que lo consigue con el menor número de vocablos en La palabra más larga.
Me recibe el primer poema, «Islar», una sentencia iconoclasta y hermosa: «Yo por el derecho a ondular bajo palabra / te acuso a ti / de verter el mar en las fauces de las nutrias / de apisonar palmeras moribundas / de azuzar tormentas / de robar ternezas a las algas. [...] De ahora en adelante / digo / todo lo que sueñes / será plagiado en tu contra / y podrás ser condenado a/ repetir un verso libre / y a que las tortugas / desoven en tu voz».
Estos versos poseen una rebeldía intelectual y estética. Hablan de una profanación de la naturaleza poética del mundo, del lenguaje. Veámoslo.
En los dos primeros versos —«Yo por el derecho a ondular bajo palabra»—, encontramos resistencia, intensidad, desobediencia, rebelión. El yo lírico reclama un derecho: el de ondular, verbo que conecta con la plasticidad del lenguaje. Luego, las acusaciones metafóricas aluden a un mundo donde la injusticia es ecológica, geográfica, simbólica y lingüística. ¿Será una alegoría del lenguaje violentado, de la censura, del destierro insular, de la muerte de los sueños?
1 José Enrique Delmonte. La palabra más larga. Poemas. Madrid: Sial Pigmalión, 2024, p. 11
Sin embargo, no hay lamento, sino sentencia. El poema devuelve el castigo al que crea: «todo lo que sueñes será plagiado en tu contra» hay ironía y advertencia, liberación y condena.
Una condena permanente y lenta: «y a que las tortugas / desoven en tu voz».
Después de leer «Islar», supe que había hecho bien visitando la íntima palabra del poeta.
En su núcleo tiene una fuerte imaginación lírica que sacude. Sentí la ira del juez que elucubra con el lenguaje una grave acusación, que es también un viaje asombroso a la biología del mar; como al reo a quien imponen una pena con tanta belleza. Y deseé ser ese condenado para seguir creando pese al mal augurio. Al terminarlo, sentí una herida leve, antigua, que no sabía que seguía abierta.
La que siente todo aquel que nació y creció en una isla. Sobre todo, en esta.
«Islar» no es solo un poema; es un nuevo verbo, es una forma de vida y en su invención hay una discrepancia creadora. No sigue el ritmo dominante, siembra un nuevo camino de tensión y belleza. Tal vez por eso, el autor y su editor eligieron que presidiese el poemario, porque desafía el compás de su época, porque vaticina una voz a contratiempo.
Percibo un giro vertiginoso de ánimo en «Algarabía de magia». Un poema breve, que privilegia lo desbordado por la emoción y lo fugitivo del recuerdo. Esa economía del lenguaje es el cielo en poesía.
En el giro de lo que aún llamo marzo la memoria exuda tres o cuatro episodios de niñez.
Imposible definirlos.
El primer movimiento es una secreción poética de la infancia, como si el sujeto lírico reconociera que a la niñez no se puede volver, que hay tiempos que no pueden reconstruirse, sino sentirlos como una sombra vaga o un sueño confuso. Es una voz que sabe que el recuerdo es mito y, como tal, es imposible definirlo.
La palabra «exuda» es crucial: dota de corporalidad al recuerdo, ese que surge sin ser llamado y que consigue evocar el propio. Pienso en mi infancia, pero también encuentro en esa voz la patria de Rilke, y a Paul Celan («Negra leche del alba»2), voces en que el silencio pesa más que las palabras. Sobre todo, resuena el poeta rumano por el uso de símbolos paradójicos para describir acontecimientos del pasado sin nombrarlos explícitamente, usando la inquietante contraposición de la lógica como recurso:
Algarabía de magia que entre tanta confusión de polen abre una esfera de apenas dos segundos.
El núcleo lírico es la niñez como una fiesta desordenada de primavera, donde el vocablo «polen» me parece un símbolo contradictorio audaz —alegórico de la primavera, pero también de confusión, de alergia, de fertilidad descontrolada—; actúa como velo y, sin embargo, permite el brote de lo eterno en lo ínfimo: «abre una esfera de apenas dos segundos».
En «negra leche del alba», Celan antepone la oscuridad a la pureza de ese líquido blanco maternal que sirve de alimento al mundo y lo maldice. La contradicción como símbolo oculto es una correspondencia entre ambos autores.
2 El verso entrecomillado «Negra leche del alba» es el comienzo del poema «Fuga de la muerte», de Paul Celan. Cfr. Paul Celan. Fuga de muerte. Revista de la Universidad de México, n.o 920 (edición en línea). Consultada el 19 de mayo de 2025.
El verso final es una especie de adagio elegíaco. Ese instante donde el tiempo, la memoria y la infancia se entrecruzan en una esfera efímera de una pérdida dolorosa e inexorablemente bella.
Solo en marzo
Para tanta eternidad.
Un poema fugaz, inasible, pero inolvidable como lo eterno.
Entro al tercer poema: «Lámina de costa», presa de la nostalgia que me dejó el anterior. Es un vuelco paradójico: si «Deadline» extinguía, «Lámina de costa» resucita con la voluntad de negar el linaje y fundar su propio mito personal. El poema abre con una invención absoluta, casi chamánica, al lavar «la espalda del manatí más antiguo de la isla». Los primeros versos son una escena de un mundo paralelo que parece regirse por sus propias leyes metafóricas.
Lavo la espalda del manatí más antiguo de la isla una merluza contempla y le ofrezco un tercio del último arcoiris de septiembre.
Se acercan dos juglares dejan sus ojos colocados en la arena y componen un cántico.
Descubro un alabastro partido en dos es la cara de un tirano ya olvidado el manatí roza mi pie confía que soy su padre. Lámina que toca el agua y la costa donde soy anfibio intermitente.
El poema me desconcierta por su poderosa imagen. No se trata de una celebración de la naturaleza, sino de una reinvención mitológica del mundo: juglares que dejan sus ojos en la arena, un arcoíris fraccionado como ofrenda y una identidad anfibia —«donde soy anfibio intermitente»—. La mención del «alabastro partido», rostro de un tirano ya olvidado, introduce una nota de historicidad, pero solo como ruina, como resto estético del poder vestido por el tiempo.
Me pregunto si será una celebración del olvido como libertad.
Hay en este poema una autonomía, una voz distinta, una capacidad imaginativa innegable.
Vuelve a mi memoria la obra de la mexicana Coral Bracho, porque se dirige desde la ruptura radical hacia otras posibilidades. Sin embargo, me atrevo a decir que, aquí, la voz de Delmonte nos dice algo más.
Creo que, en esta muestra, de otros trece poemas analizados en mi ensayo, descansan los argumentos que sustentan mi hipótesis. Estoy segura de que los demás solo afianzarán la teoría de que esta «voz» dentro de la voz es nueva. Una voz que no imita, donde hay una rebeldía estética que nos revela una nueva forma de sentir y de escuchar; una voz que sorprende y cambia el ritmo del pulso poético convencional; que circunda -sin rozarlas- voces grandilocuentes como las asociaciones puras de Blake, la libertad en la estructura de Dickinson, la simbología de Arthur Rimbaud, lo oculto de Celan, o la ruptura de la mexicana Coral Bracho. Pero, lo más importante, es que, sin duda, es una voz que se subleva a sí misma. Una voz a contratiempo.
Les invito a quedarnos en La palabra más larga.
Intuyo el nacimiento de algo eterno.
miércoles, 17 de septiembre de 2025
viernes, 1 de agosto de 2025
El arca: poesía dominicana del siglo XXI', publicado por la editorial mexicana Elefanta
El libro está disponible en la plataforma digital de Elefanta Editorial y en las principales librerías de México.
domingo, 14 de mayo de 2023
lunes, 13 de marzo de 2023
Una página a la vez con José Enrique Delmonte
Toda expresión artística pura
nos conduce al mismo lugar, el alma del creador
Por ANGELA SUAZO 13-03-2023 00:04
José Enrique Delmonte no necesita presentación, pero el rigor me obliga. Él, es arquitecto, ensayista y poeta. Dominicano. Como poeta, su voz, es irrepetible, y es parte del camino obligatorio para quienes se acercan a estos afanes.
Es un autor premiado local e internacionalmente, entre ellos el Premio Iberoamericano de Poesía en la Feria del Libro Madrid 2014 y el Premio Internacional de Poesía León Felipe 2016, Zamora, España.
Ha publicado Alquimias de la ciudad perdida, La redondez de lo posible, y Once palabras que mueven tu mundo.
En la sinopsis de su libro Once palabras que mueven tu mundo, nos anuncia lo que sin duda encontraremos en él, poesía amorosa, expresión del amor cotidiano o pasional, pasado o presente, reciente o maduro, la experiencia del sentimiento que nos atrapa y seduce por igual a enamorados y lectores. No se queda corta la promesa.
He leído con igual pasión tanto su poesía como las respuestas que me regaló para esta entrevista y sé que ustedes harán lo mismo. Me descubrí compartiendo con él referentes y pensadores; y aplaudiendo su verdad.
Su obra me lleva a pensar que toda expresión artística pura nos conduce al mismo lugar, el alma del creador. José Enrique conjuga dos expresiones que me atrevo a pensar tocan la misma fibra. Poesía y arquitectura. Un poema, una obra arquitectónica, un espacio donde no sobra nada. Cada elemento puesto al servicio de la obra, calculado. La luz y la sombra, las mismas que cuentan la melancolía y la vida; se levantan y crean espacios que acogen y protegen.
Los dejo con una invitación a descubrir, el lugar donde dialogan el espacio y la palabra, desde donde nace su poesía, y su arte.
PREGUNTAS:
Ángela Suazo: José Enrique ¿Dónde nace la poesía?
José Enrique: En el instante en que sabemos y no somos capaces de explicarlo. Hay universos que tienen su propio lenguaje, barreras que se forman en la incertidumbre.
AS: ¿La poesía debe ser siempre disruptiva, implacable? ¿Generosa?
JE: La poesía debe ser. Ella es libre y arbitraria, verdad aunque juegue a falsa. Hay poesía en diferentes registros, pero sobre todas las cosas es un acto de quiebre porque contiene un antes y un después.
AS: ¿Por qué escribe José Enrique?
JE: Por la falta de respuestas en mi diálogo con la realidad
AS: Tu universo literario, ¿De dónde se alimenta?
JE: De las posibilidades de crear otras capas en las que me asuma libre.
AS: ¿Te lees a ti mismo?
JE: Me leo para reconocer momentos específicos en los cuales surgieron los poemas. También para identificar en qué momento me encuentro en mi proceso creativo. Sin embargo, no me gusta escucharme en grabaciones.
AS:¿Qué poetas han sido refugio para ti?
JE: ¡Son tantos! Uno no llega a cerrar la caja donde creemos que ya estamos llenos de tanta buena poesía escrita por otros. Por supuesto, hay los preferidos que, en ocasiones uno cree que ya no deberían estar en la caja y se quedan, se quedan y se quedan porque se hacen imprescindibles. Como requieres nombres, puedo señalarte a algunos sin ser limitativo: Wallace Stevens, Franklin Mieses Burgos, Jaime Sabines, Wisława Szymborska, Miguel Hernández, T. S. Eliot, Lezama Lima, Gil de Biedma, Hilde Domin, Joan Margarit, en fin, larga la lista.
AS:¿Cuáles fueron los modelos de poetas que te dieron ganas de escribir poesía?
JE: Confieso que J. L. Borges fue mi primera incertidumbre, justo cuando me acerqué a la poesía, en la adolescencia. Rainer Maria Rilke, Pedro Salinas y luego la Generación del 27, la Generación Beat y los maestros de la Poesía Sorprendida.
AS:¿Entiendes la poesía como una biografía?
JE: No, la poesía no actúa en mí como una autobiografía porque la confinaría a los límites de lo que conozco. Prefiero andar detrás de lo otro y hacerlo mío. Sin embargo, puedo entenderla como un solo poema que se escribe en el tiempo, en partes individuales que pueden ser libros. Al final de todo, se trata de “la obra” de un autor. Yo trato de colocarme en un punto para generar trabajos que forman un cuerpo dentro de mi producción. Me interesan temas que se convierten en libros. De ahí que trabajo en su selección para conformar un libro, con paciencia, sin ansiedad para publicarlos. Se publican cuanto todo se aglomera para entregarlos como libros.
AS: El arquitecto, diseña, visualiza y caza en ángulos una propuesta distinta, no se ve tan distinta a lo que hace el poeta con las palabras. ¿El yo poético y el yo arquitecto, son la misma persona, o solo habitan en ti?
JE: La arquitectura es un lenguaje, como la poesía. En ambos casos hay un uso del lenguaje que no es poesía y que tampoco trata de serlo. Esto confunde al lector, al que no le queda claro cuándo se está frente a un trabajo poético y cuándo no. La poesía en la arquitectura se produce a través de la materia y en la literatura en la palabra. En ambos casos, lo importante no es el fin en sí mismo sino en la capacidad para abrir dimensiones creativas, para provocar imágenes y caminos a otras realidades. Cuando eso sucede, hay poesía en la arquitectura y en el poema. Una cosa es el autor y otra el yo poético, por supuesto. En la arquitectura, a diferencia del poema, hay un yo poético que está identificado con el usuario, con la función. El poema es ajeno a esta precondición y por eso tiene mayores libertades.
AS: Leí que “Todo gran arquitecto es un gran poeta” ¿Eres un arquitecto que escribe poesía, o un poeta que es arquitecto?
JE: Es que una cosa es diseñar un edificio como un requerimiento inmobiliario o como un producto del mercado y otra es hacer arquitectura. En esto último, hay una autoría que incorpora un gesto o una intención para usar a la arquitectura como un medio para expresar múltiples vocabularios. Una buena obra de arquitectura provoca tantos efectos subliminales que se adentra en el imaginario de sus usuarios. No es un acto de impresión o de novedad, es algo que forma parte de la narrativa arquitectónica de una manera tan sólida, que permanece en el tiempo. Yo creo en el acto poético y, en ese sentido, en mi trabajo intento asumirlo, tanto en las oportunidades de mi profesión de arquitecto como en mi oficio de poeta.
AS: ¿Tu poesía está presente en tu obra arquitectónica?
JE: La poesía sí, mi poesía no necesariamente.
AS: ¿Lo filosofía forma parte de tu obra?
JE: En uno de mis libros, La redondez de lo posible, aparece de forma más evidente, aunque debe estar ahí porque camino en un horizonte de eventos que me produce inquietudes. Sin embargo, la poesía es una cosa y la filosofía otra. Me gusta leer poesía que no necesariamente siga una lógica filosófica sino que construya otras dimensiones. Me gusta la poesía que me rete en su misterio.
AS: ¿Qué libro filosófico te ha marcado y por qué?
JE: Me impactó mucho Escritura y diferencia, de Jacques Derrida, por su influencia en el lenguaje de la arquitectura. Pero, por supuesto, Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant. Kant. De Kant me causó muchas inquietudes aquel concepto de “la cosa en sí, la cosa en mí”, por ejemplo.
AS: ¿Qué pensador actual le interesa particularmente y por qué?
JE: Últimamente me gustó mucho La sociedad de la transparencia, de Byung-Chul Han. También Bauman con su Modernidad líquida. Pero hay otros autores importantes debido a que la filosofía es una búsqueda, no una respuesta final.
AS: ¿Renunciarías?—¿Entiende la vida sin la literatura?
JE: No renuncio, soy persistente. La vida puede prescindir de literatura como resultado del conocimiento, la experiencia, la creatividad y la prospectiva y aferrarse a la información como suplidor de resúmenes de conocimiento. No sé si la humanidad dejará estas cosas a la inteligencia artificial, dejar de producir preguntas y respuestas y confiar en un artefacto tecnológico que puede dárnoslas resumidas y en segundos. Pero en mi vida, la que construyo día a día, apuesto por la libertad
Fuente: https://acento.com.do/cultura/una-pagina-a-la-vez-con-jose-enrique-delmonte-9174341.html
martes, 21 de junio de 2022
Participación del Arquitecto y escritor José Enrique Delmonte en Retajila Fundación
Ciudad creativa, paradigmas de planificación, territorio, urbanismo, desarrollo, diseño y arquitecturas. Hábitat, formas de habitar. Efecto de Mundo y configuración identitaria. Lo local, lo global, la circulación, segmentación y la convivencia.
Patrimonio, memoria, conservar y transformar.
Vivir en un ambiente creativo.
Feat: Alex Martínez Suárez; José Enrique Delmonte; Mario Dávalos; Jordi Masalles.
Host: Ceci Moltoni
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Una producción de Retajila
Moderación, producción de contenidos: Ceci Moltoni – Caribe Alternativo
Realización: Ceci Moltoni, Mariu Vargas, Rosalía Ramíerz, Nono Rodríguez
Operación Técnica: Joaquín Sánchez
Edición, creación de contenidos: Chng Advertising
Grabado en Guerra Films TV
domingo, 12 de junio de 2022
Sobre La redondez de lo posible por Miguel Contreras
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| Poeta, historiador y arquitecto José Enrique Delmonte |
Cuatro años después de haber leído el libro, seguía pensando en él. No hubo un momento en que sus versos no hicieran eco en mí. La vida misma se encargó, vigorosa, de recordármelo siempre. Desde entonces creo que la lectura de un libro no está completa sino hasta que se escribe sobre él. Y pienso, además, que todo libro reclama unas líneas, merézcala o no. Y La redondez de lo posible no es la excepción.
Al autor de esta obra, José Enrique Delmonte, lo conocí en 2018, y desde entonces, excepto por una vez que me escribió para solicitarme un poema al que deseaba ponerle su voz, jamás he hablado con él. Nunca más, como diría el luciferino cuervo de Poe, me habló de su libro, lo cual habla muy bien de él, de su ética y educación, de su humildad y modestia, pues los escritores pedantes y maleducados tienen la horrible y desdeñable costumbre de, cuando te regalan o te venden un libro (¡peor aún!), torturarte con la insistencia de que escribas sobre él, como si la suya fuese la gran obra, y como si lo que tienes que decir fuese tan importante.
El escritor no existe más allá de su obra, y la obra no existe más allá de sí misma. Algo que a los crípticos (la “p” es a propósito) de hoy les cuesta comprender, pues siempre se las arreglan para condicionar el comentario de la obra al status del autor. Y todo se reduce a una simple y vulgar fórmula: si el autor es amigo de quien escribe, la obra es buena aunque sea un disparate; si el autor no es amigo de quien escribe, entonces la obra es mala aunque sea una genialidad. Y así van por la vida: elogiando la mediocridad de sus allegados y condenando las genialidades de los otros. Para esa especie de lamebosta (la “s” es a propósito) es un hecho que no existe la objetividad, y sin embargo creen que sus adulaciones son verdaderas. El adulador no razonan.
Pero no importa. Olvidemos. Ahora solo quiero hablar de un libro. Un libro diferente. Un libro de valor y calidad irrefutables: La redondez de lo posible. Un libro que en 2017 obtuvo en España el XV premio internacional de poesía León Felipe, siendo la primera y, hasta el momento, la única obra de un dominicano en obtenerlo. ¡Y vaya que si lo merecía! Pero eso no es lo que lo hace extraordinario, pues el rigor crítico ha menguado tanto que ya no se sabe si una obra es premiada porque es considerada buena, o es considerada buena porque fue premiada. Premio no es sinónimo de calidad. Y ya que un galardón no es evidencia de que una obra es buena, le toca a la obra misma presentarse.
Veinticuatro poemas componen este poemario cuyo exótico lirismo nos invade desde el título. “La redondez de lo posible”, dice, y uno piensa en el Gran Todo Inteligible. Porque, empezando por la existencia, todo es redondo, la historia lo demuestra. El tiempo no es lineal, sino circular (t = 0). El universo tiene tendencias circulares. Todo es círculo diverso. El poeta nos lleva a conocer la realidad latente que nos condiciona, realidad que muchas veces solo es captada por el subconsciente. Nos repetimos. Un hombre es todos los hombres, y todos los hombres, uno. Veamos este poema:
Me copio
y estoy atento de mí mismo
la costumbre de entenderme doble
escudriñando al otro
en lo que me pertenece
somos dos en la misma
vibración de las cosas
me deberá caer
esa gota en mi cara
porque así está escrito
una gota es ahora
una copia de sí misma
toca la cara del que está a mi lado
entonces un millar de voladoras
se alborota
perdido en la noción de su ámbito
cuando sabe la duplicidad del tiempo.
Me copio
y de inmediato aparecen los celos
nada de mí debe repartirse tanto
mucho más si comparto ahora la carne
si todo cuanto ansío
multiplica y enardece
la quietud de la soledad
que ahora evoco.
Me copio
en la timidez o en el arrojo
en tantas mentiras que me calman
la agonía
en esas hazañas alimentadas
con mi lengua
leyendas repetidas con orgullo
como únicas
dueño del quizás que
se me antoja inmenso.
Me copio
y lo comparto todo
–y digo todo–
la ambivalencia de saberme otro
en la raíz de las cosas únicas.
(En la raíz de las cosas únicas, Pág. 49).
¡Qué agobio! ¡Qué golpe de nostalgia en la misma boca del alma! Uno se siente herido de existencia, de redondez, de círculo; un se siente círculo. Cada verso es un rayo que nos desintegra. Sin la más mínima pretensión, el poeta logra la expresión concisa, pura y sencilla, tomando así la potencia sideral de que habla Darío en su pórtico a Canto de vida y esperanza. No hallaremos en estos poemas la objetivación hiperbólica que tanto aman los que nada tienen que decir. Aquí el verso fluye cristalino concentrando todo su valor en el fondo, desdeñando, consciente o no, el estructuralismo que tanto atormenta a ciertos escritores.
El yo poético que se copia y está atento de sí mismo, es también “el otro” existencial que se deshace al leer, arrobado por un cosmos de emociones, esta redondez de lo posible, que es también la cuadratura circular de lo imposible. ¡Tenía que ser arquitecto el poeta! Son poemas compactos. Su espontaneidad nos trae un fascinante aroma oriental, aunque matizado con el fuego apolíneo del Trópico.
¡Ay! ¿Cuántas cosas no podrían extraerse de este libro? ¿Cuántas cosas no podrían estos poemas extraer de nosotros? Nunca vi mejor retratada la paradoja de la existencia. Nunca más latente esa preocupación ontológica que atormenta y da vida a todo verdadero artista. Nunca tan real ese no-ser que busca ser. Y si preguntáis por qué muestro aquí un solo poema, debo decir: no es que los otros sean menos importantes, sino que fue este el que más hondo caló en mi corazón, el que tintineaba en mi cabeza constantemente, el que me puso una pistola en el alma para que escribiera estas líneas.
Consummātum est.
Miguel Contreras
![]() |
| Miguel Contreras |
lunes, 27 de diciembre de 2021
LA INTUICIÓN DEL MISTERIO EN LA POESÍA DE JOSÉ ENRIQUE DELMONTE
Publicado en el Boletín del Ateneo Insular
LA
INTUICIÓN DEL MISTERIO
EN LA
POESÍA DE JOSÉ ENRIQUE DELMONTE
Por
Bruno
Rosario Candelier
“…no
hay más tristeza
que
la necesidad de lo ausente”.
(José Enrique Delmonte)
José Enrique Delmonte es un recio intelectual dominicano con una fecunda
y edificante obra en arquitectura, demografía y literatura. Natural de Santo
Domingo, autor de ensayos, narraciones y poemas, ha publicado valiosos libros
donde la palabra es centro de sus intuiciones y vivencias (1).
Las vertientes de la creación poética de José Enrique Delmonte en La redondez de lo posible son las
siguientes:
1.
El sentido trascendente del misterio subyacente en la realidad sensible (Trascendentalismo).
2.
Dimensión representativa de las cosas, que percibe la mente consciente (Simbolismo).
3.
Significado oculto, profundo y entrañable que las cosas contienen (Surrealismo).
4.
Expresión de la lo interior de lo viviente que la realidad concita en la sensibilidad
(Interiorismo).
Para
formalizar, en el plano de la creación poética, su visión de la realidad, el
poeta crea cuatro instancias en el fuero de la palabra:
1. Creación de la realidad
verbal como ámbito representativo de lo que las cosas encarnan y sugieren.
2. Reproducción de la realidad estética como fuero entrañable que los datos sensoriales
aportan.
3. Recreación de la realidad
sutil que lo real despliega, ámbito vaporoso, imaginario y espiritual, que
la dimensión material genera.
4. Auscultación de la realidad interior de lo existente para reproducir, en el cauce de
las sensaciones, las vivencias del sujeto visionario.
José Enrique Delmonte, prestante intelectual con alto prestigio como
arquitecto, historiador y poeta, en La
redondez de lo posible (2) confirma que la poesía es una de sus pasiones
porque los poetas, que están instalados en el mundo y que desde la percepción sensorial
de las cosas nutren su sensibilidad y su conciencia, suelen canalizar sus
intuiciones y vivencias a la luz de lo que perciben en su contacto con lo real.
En el primer texto de este poemario, el poeta
habla de la inminencia del asombro, lo que indica que él se asombra ante la
realidad de lo viviente. En efecto, el encanto de las cosas, el sentido de las
cosas o el misterio de las cosas concitan su sensibilidad y lo invitan a
plasmar, con el lenguaje de la creación poética, lo que siente, vive y
experimenta en su contemplación de lo viviente, y por esa razón el poeta se
instala ante la inminencia de las cosas, y asume la palabra justamente para
testimoniar lo que las cosas le inyectan en su sensibilidad, para canalizar lo
que las cosas le sugieren, que es lo que hacen los poetas, los genuinos poetas
que se inspiran en la realidad de lo viviente, como podemos constatarlo en esta
muestra poética:
La
inminencia del asombro
en
esos rizos que se antojan eternos
galopantes
en descenso
hacia
ese punto donde
se
desnuda la inocencia
La
inminencia en las cosas
-en
sí mismo-
y al
menos en la palabra
para
parecer perpetuos.
(La
redondez de lo posible, p. 11).
En el poema titulado “Aperturas infinitas” el poeta se instala en la
casa y observa los detalles sensoriales que reflejan las cosas (objetos,
muebles, flores, adornos), todos los detalles que hay en una casa y, entonces,
percibe la sensorialidad de las cosas pero, como poeta que ausculta lo viviente,
no se queda en la dimensión de lo sensorial, sino que penetra en la vertiente
profunda de lo real mediante la auscultación con sus sentidos interiores para
captar el valor de las cosas. Entonces, como un pequeño talismán, percibe la
realidad infinita, o mejor dicho, las manifestaciones infinitas de la realidad
porque la realidad, aun siendo limitada y finita, canaliza irradiaciones
infinitas a través de sus fluidos sensoriales y, sobre todo, mediante sus
efluvios suprasensibles que la palabra capta y perfila, y que el poeta usuario
de la palabra, como creador de nuevas realidades estéticas y verbales, trata de
asumir, recrear y entender cuando ausculta lo que subyace en el sótano de la
misma realidad:
La
casa huele a vestigios de gardenias
voluntades
permanentes se aglomeran
un
pequeño talismán de aperturas infinitas
traiciona
la rigidez de sí mismo
ofrece
palabras ya perdidas.
(La
redondez de lo posible, p. 12).
Dije que el poeta ausculta el sentido trascendente del misterio, pues
cuando digo “el sentido trascendente del misterio” sugiero, en primer lugar,
que el poeta va por el sentido, pues no le interesa la apariencia de las cosas
aunque no la desdeña, pues lo que él busca realmente es el sentido, el sentido
que subyace a las cosas y, desde luego, va mucho más allá porque no se conforma
con el sentido, con el sentido de las cosas, porque él quiere auscultar el sentido
del misterio, y esa es la importancia de este poemario en el que su agraciado
autor aborda esa dimensión enigmática de las cosas, esa dimensión sutil de lo
viviente, porque ciertamente las cosas tienen una dimensión enigmática, lo que
significa que no comprendemos todo lo que encierran, no lo captamos todo,
porque hay una dimensión oculta, soterrada, solapada, misteriosa y enigmática
que tiene todo lo existente, y que los poetas, que tienen la capacidad para
horadar la parte inasible de la realidad y, sobre todo, porque tienen la
vocación para penetrar en la dimensión soterrada de las cosas, entonces el
misterio les atrae, ya que el misterio es una fuerza poderosa y apelante en los
poetas, y el mismo autor de este libro, José Enrique Delmonte, habla de la
componenda de misterios porque él quiere tener una componenda particular con el
misterio, ya que su intención es revelar, mejor dicho, revelarnos a los que no
somos poetas, ese misterio profundo que ocultan las cosas, que entrañan las
cosas, que solapan las cosas por lo cual el poeta da una mirada profunda a esa
dimensión inasible de la realidad, como se manifiesta en la siguiente cita de
su singular poemario:
La
casa huele a pasillos somnolientos
suena
a huella de sonrisas
aun
el sol la transparenta
en
componenda de misterios o de algarabías.
(La
redondez de lo posible, p. 13).
Dije también que nuestro poeta aborda lo que la realidad muestra, que él
contempla y disfruta como parte de las vivencias de su conciencia con la onda
sutil de lo viviente, y, con esa profunda dotación que tiene José Enrique
Delmonte para conocer la dimensión inasible de lo existente, llego a la
conclusión de que una onda surreal, interiorista, simbólica y trascendente,
subyace en la creación poética de este poeta dominicano, y en el fragmento
poético que cito a continuación el poeta aborda la realidad, y con sus sentidos
sensoriales capta las manifestaciones sensibles, pero él no se queda en las
manifestaciones sensoriales, sino que va más allá porque procura lo ultrasensible,
es decir, esa onda sutil, interna, esencial y profunda que tienen las cosas;
por eso él valora las cosas invisibles de la realidad, esa dimensión sutil y
entrañable que tiene toda realidad y que concita su intelecto, su vocación
creadora con la identificación que él experimenta ante la dimensión profunda de
lo viviente, como lo demuestra en esta parte de su creación, indicativa de una
onda surreal, interiorista y simbólica subyacente en la creación poética de
José Enrique Delmonte:
Si
partes la naranja
tu
materia tu rudeza se adelgazan
entonces
flotas y flotas
sobre
la alfombra de tu olfato
Suceden
tantas cosas invisibles
cuando
alguien te permite dividirla
a un
lado tan igual
a un
lado tan distinto
hay
caminos que estimulan
la
lucidez de tus gozos.
(La
redondez de lo posible, p. 16).
Dice José Enrique Delmonte en el poema titulado “En el borde” que la
ventaja del mundo plano es alcanzar por fin el horizonte. Esa es una palabra
clave, “horizonte”, y, efectivamente, en ese fragmento poético el concepto del
vocablo horizonte tiene una connotación simbólica, y ya dije que el
simbolismo es una de las vertientes estéticas de este poemario de Delmonte y,
de hecho, cuando un poeta aborda una palabra, cuando un creador usa una palabra
con un sentido simbólico, es un aspecto clave y muy valioso en la creación
poética porque la dimensión simbólica tiene un carácter representativo de
valores subyacentes que no se ven, y acontece que el horizonte es muy
importante porque todo tiene un horizonte, y ese horizonte implica que hay algo
más allá de lo visible, una dimensión profunda y trascendente, un significado
oculto y subyacente, y todo cuenta con esa dimensión profunda, esa es una dimensión
singular en la poética de Delmonte porque contribuye a darle esa categoría
estética, lírica y simbólica a su creación poética como se aprecia en este
poema:
La
ventaja del mundo plano
es
alcanzar por fin el horizonte
Tan
simple el horizonte…
Apenas
una lejanía inconsciente
cargada
de grafitis con el nombre
de
los sonámbulos que no retornaron nunca.
(La
redondez de lo posible, p. 17).
Para cualquier lector podría ser un desafío internarse en la onda sutil
de este poemario, que parece indagar la arquitectura del misterio que las cosas
encarnan, y eso que acabo de decir, “la arquitectura del misterio que las cosas
encarnan”, tiene una alta significación en la visión estética, filosófica y espiritual del autor de esta obra, justamente
porque él, como arquitecto y poeta, indaga esa dimensión medible y estética de
las cosas, y al decir que él procura “la arquitectura del misterio”, es una
expresión sugerente para identificar esa singular vertiente que contiene y
canaliza esta obra poética de José Enrique Delmonte. En una parte de su
poemario él habla de “esos rugosos filamentos de la realidad” que se alza con
las arras de estivales, y entonces en esos términos crípticos, secretos,
profundos, el autor de alguna manera está revelando que pudo penetrar en esa
dimensión inasible de la realidad, y esa es una virtud poética del autor de
esta obra, como se manifiesta en el siguiente fragmento del poema titulado “A
veces el miedo”, porque el miedo siempre está presente en los creadores de
poesía y ficción, pues el miedo activó las neuronas cerebrales que dan cuenta
de la capacidad de la captación sutil de lo viviente, de la dimensión creadora
de la conciencia para percibir lo que la realidad sensorial oculta:
A
veces el miedo
mece
las brasas del alfa impenitente
que
conduce a la nada
vuelca
la paz hacia simientes
de
rugosos filamentos
se
alza con las arras
de
estivales desenlaces
y
vuelve a dormitar
entre
los vaivenes de la inercia.
(La
redondez de lo posible, p. 19).
Crear una realidad verbal es parte de la condición poética de los
autores que canalizan y plasman su singular percepción de las cosas. Por eso
dice nuestro poeta que el dominio del yo
destruye ondulaciones. ¿Por qué? Porque justamente el yo te separa de la realidad de las cosas por cuanto puede hacer que
se pierda la perspectiva de lo que las cosas son cuando se mira el mundo con
una visión egoísta y limitada. La condición poética de superar el yo justamente lo hace para percibir las
ondulaciones entrañables de las cosas, que es una manera de decir que el poeta
quiere crear una realidad verbal con la cual pueda testimoniar lo que su
intuición percibe:
…el
dominio del yo
destruye
ondulaciones
en
los puntos cardinales
en
que una vez el hombre
fue
uncido tantas veces…
(La
redondez de lo posible, p. 20).
Nuestro poeta sabe, y como lo sabe lo dice, que está consciente de que
está instalado en la realidad, de que tiene un punto de contacto con el Universo.
Y sabe también que, además de la realidad visible, hay una realidad invisible,
una realidad sutil y trascendente por lo que Platón hablaba del mundo ideal
(3), que establecía en el “más allá”, y entonces el poeta consciente de que
está en este “mundo real”, y consciente de que hay un mundo, por decirlo así, ideal,
un mundo superior a lo visible, es una manera de señalar que como realidad
sensible puede testimoniarla, pero también puede hablar de las señales
trascendentes, de las irradiaciones sutiles del más allá que su conciencia profunda
le permite intuir al hacer contacto con el Numen de la sabiduría espiritual de
la memoria cósmica, pues le sugiere la posibilidad de hacer una creación
poética inspirada en esa realidad sutil:
En
este lado
las
cosas se asemejan al eco
retornan
en voces
o
descansan en las manos
se
convierten en sirenas
o
cabalgan sobre la espalda
de
las hojas
basta
mirar el horizonte
para
saberte de este lado
no es
suficiente la nostalgia
para
tantas repeticiones de asombro.
(La
redondez de lo posible, p. 23).
En otro de sus poemas el poeta nos habla no solo del miedo, que es
connatural a todo ser vivo y también a todo creador de arte, y también habla de
los afectos y señala que lo importante es lo que queda, es decir, en la
contemplación de lo real no percibimos todo lo que la realidad muestra, ya que
solo percibimos fragmentos de la realidad, porque normalmente percibimos los
datos sensoriales de las cosas, por lo que muchas manifestaciones
suprasensibles que emite la misma realidad, como los efluvios que manan de
ella, de las cosas que permanentemente fluyen, que nuestro poeta lo sabe y lo
siente porque suele percibir la voz de las cosas, una vertiente sutil, secreta
y entrañable que perciben los poetas en virtud de su afinada sensibilidad para
captar esa dimensión suprasensible de la realidad o podríamos decir esa faceta
sutil de la realidad. Entonces por esa razón suelen escribir versos
enigmáticos, simbólicos, crípticos, aspectos incompresibles porque es difícil
plasmar en voces comprensibles lo que es incomprensible de la realidad, y ese
es el enigma de la profunda creación poética, ese es el dilema de la creación
poética que aborda el misterio, como se aborda en esta obra de Delmonte y,
entonces por esa razón pocos van a entender el significado profundo de esta
creación poética, la dimensión trascendente que ha logrado canalizar el autor
de La redondez de lo posible justamente
por esa dimensión sutil, profunda, enigmática y criptica de la realidad, que
solo la poesía profunda puede aludir con su lenguaje simbólico, con el caudal de
las imágenes propias de la creación poética, como se puede ilustrar en los
siguientes versos:
Lo
importante no fue
la
grandeza de los miedos
cuando
nos sabíamos
vulnerables
al tiempo
ni la
secuela de conquistas
sobre
equinos de madera
ni la
ampliación de los afectos
asentados
en lazos.
(La
redondez de lo posible, p. 31).
El equilibrio de fondo y forma, pautado por el principio de la sofrozyne de la antigua retórica griega,
no siempre la aplica el autor de esta obra cuando aflora el predominio del concepto
sobre la belleza, los dos aspectos concurrentes en la obra de arte, aunque a
veces se revierte a su favor concitando una virtud estética en nuestro poeta,
como es la belleza del concepto, según se aprecia en la siguiente estrofa:
Es
tan tenue la distancia ancha
de la
boca que separa la gigantez de la esencia
que
allí sobresale el miedo
o se
percibe la mirada de los errantes conocidos
es
tan roja la esfera del pecado
que
nos asumimos ruido
nos
convertimos en simiente
nos
trasnochamos en la nada.
(La
redondez de lo posible, p. 32).
Desde el principio de los tiempos, cuando los humanos adquirimos
consciencia de que las cosas comienzan y terminan, también se tiene conciencia
de que hay una eternidad a la que aspiramos merecer en atención al destino último
que a todos nos aguarda. También desde la época de los antiguos presocráticos
hay la consciencia del principio y ordenamiento de las cosas. De hecho, fueron
esos antiguos pensadores presocráticos quienes concibieron la idea de que todo
tiene un principio, de que todo tiene un fundamento y un ordenamiento, y en
virtud de ese pensamiento o de ese fundamento las cosas tienen una consistencia
aun cuando sean perecederas. Decir que las cosas tienen una consistencia pese a
su condición precederá, significa que hay una esencia que permanece y
trasciende, y eso es lo que los poetas buscan, eso es lo que los poetas
testimonian. Ya decía Rainer María Rilke que la misión del poeta es testimoniar
la condición esencial de las cosas pasajeras justamente para que permanezcan en
la forma del poema tras el paso fugaz de la apariencia sensible de las cosas, y
eso lo siente nuestro poeta cuando habla de la fogosidad de las nubes, o cuando
enfoca la incertidumbre de las cosas como aparece en estos versos que citamos:
…no
sé si pedir las cosas
para
llevar o para quedarme
es
apenas un segundo
de
eternidad inconclusa
parecido
a la fogosidad de las nubes
puede
que transite en círculos
o
prefiera descender en espiral
hacia
el principio de las cosas
donde
mora la incertidumbre
como
si fuera cierta.
(La
redondez de lo posible, p. 35).
La pauta estética del fabula docet de los teóricos renacentistas
enseñaba que el texto poético debía contener, inherente a su forma expresiva,
un contenido edificante, principio que la práctica de los poetas auroseculares,
dígase Lope de Vega, Garcilaso de la Vega, Pedro Calderón de la Barca, fray
Luis de León, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y otros, se formalizó,
más que en la belleza de la forma, en la belleza del contenido, cifrado en un
pensamiento luminoso. Pues bien, testimoniar el impacto que lo real produce en
la conciencia, como lo hace José Enrique Delmonte en su obra poética, es
también una forma de creación interiorista con alto valor conceptual, logro que
revela la destreza creadora de un pensador con alto sentido del arte, que
también valora la palabra como fuero, cauce y medio de creación estética y
espiritual.
Valerse de la creación poética para mostrar una visión de la ciudad, una
inmersión en la conciencia y una valoración del sentido, entraña un ejercicio
intelectual y estético de honda urdimbre, como lo ha hecho José Enrique
Delmonte en La redondez de lo posible. Cauce del arte de la creación
verbal, y también eco de una intuición creadora con sentido.
Bruno Rosario Candelier
Encuentro del Movimiento Interiorista
Centro de Espiritualidad San Juan de la
Cruz
La Torre de La Vega, 20 de noviembre de
2021.
Notas:
1. José Enrique Delmonte (Santo Domingo, República Dominicana). Arquitecto,
poeta y ensayista. Reconocido por sus estudios sobre arquitectura y urbanismo
dominicanos publicados en distintos medios. Ha publicado Sesenta años edificados. Memorias para la construcción de la nación,
Guía de arquitectura de Santo Domingo,
Historias para la construcción de la
Arquitectura Dominicana –coautor-. Irrumpió en el escenario literario con
el libro Alquimias de la ciudad perdida,
un recuento de relatos breves sobre la ciudad de Santo Domingo. Ha ganado el
Premio de la Universidad Iberoamericana (UNIBE) 2010, 2011 y 2012. Su poemario Once palabras que mueven tu mundo,
editado por Sial Pygmalion, recibió el Premio
Iberoamericano de Poesía en la
Feria del Libro de Madrid 2014. Sus poemas han sido incluidos en antologías de
la poesía dominicana. Doctor en Lingüística y Literatura por la Pontificia
Universidad Católica Madre y Maestra. El poemario La redondez de lo posible fue premiado y publicado en España.
2. José Enrique Delmonte, La redondez de lo posible, Toledo, España, Ed. Celya, 2017.
3. En La República, y también en El Banquete,
Platón refiere el concepto de “El mundo ideal”, ámbito de la trascendencia que
ubicaba en ese litoral sutil de En the selene.










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