martes, 22 de octubre de 2019

VIII Semana Internacional de la Poesía Santo Domingo 2019

Leyendo poesía en "La hora de la poesía", dentro de la VIII Semana Internacional de la Poesía, Santo Domingo 2019. Aquí, en la Universidad APEC, junto a los poetas Amado Lascar, Nan Chevalier, Claribel Díaz, Ramón Mesa, Carlos Joel Muñoz y Pedro Paulino.


La hora de la poesía, en la Universidad APEC. Maravillosa experiencia con estudiantes y docentes dentro de la VIII Semana Internacional de la Poesía, Santo Domingo, 2019. De izquierda a derecha Nan Chevalier, Amado J. Lascar, José Enrique Delmonte, Ramón Mesa, Carlos Joel Muñoz y Pedro Paulino. — con Nan Chevalier, Amado Lascar, Ramón Mesa, Carlos Joel Muñoz y Pedro Paulino.

GALERÍA















sábado, 5 de octubre de 2019

Dentro de LA REDONDEZ DE LO POSIBLE de José Enrique Delmonte

Escritor Fernando Cabrera

Estimado lector: Hay registrada en esta obra, cual en una bitácora, los altibajos de una cotidianidad estéril, también los recelos y remordimientos alimentados por las trampas sociales que frecuentemente le han hecho perder al poeta el sentido de lo importante, justo y verdadero. Estos son versos, cuando no de memoria, de vértigo y agonía: latidos sofocados de una conciencia que persiste en el absurdo. La poesía, o mejor, la escritura, devienen para Delmonte en exorcismo y catarsis, en la única forma posible de trascender lo frágil, lo leve de la condición humana.


Fernando Cabrera

Autor José Enrique Delmonte


viernes, 4 de octubre de 2019

INMINENCIAS


A Emilio Brea, a propósito

La inminencia de las cosas
toca y disloca la ficción
una hora transparente de dos caras
un silencio rebanado por la luz

La inminencia en el verbo
donde calas esas impávidas versiones
de breves apegos tiernos
de incesantes convergencias

La inminencia en el caos
la certeza en las visiones del allende
o en los quiebres del después
o en los trazos de distancias aun cercanas

La inminencia del asombro
en esos rizos que se antojan eternos
galopantes en descenso
hacia ese punto donde
se desnuda la inocencia

La inminencia en las cosas
—en sí mismo—
y al menos en la palabra
para parecer perpetuos.

©José Enrique Delmonte

La poesía...



"La poesía es algo que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio que tienen todas las cosas. Se pasa junto a un hombre, se mira a una mujer, se adivina la marcha oblicua de un perro, y en cada uno de estos objetos humanos está la poesía.
Por eso yo no concibo la poesía como una abstracción, sino como una cosa real, existente, que ha pasado junto a mí. Todas las personas de mis poemas han sido. Lo principal es dar con la llave de la poesía."

Fragmento de una entrevista de Felipe Morales a Federico García Lorca. 1936.


¿QUÉ LEER? La redondez de lo posible por Ibeth Guzmán



Aristóteles decía que al escribir una historia los autores plantean tres tipos de personajes: los que están por encima, los que están por debajo y los que están al mismo nivel de los seres humanos. La poesía tiende también a cantar a aquello que está por encima, por debajo o al mismo nivel de la realidad humana. Y cuando su voz se ubica en un plano simétrico al de la realidad humana, deviene el tránsito del poeta por los límites. Un estacionamiento en el mismo centro del ser, y ser último en regodearse de su hábitat en un mundo que solo existe en el borde de esta humanidad postrada en la esperanza del infinito. Esto nos lleva a reflexionar sobre la figuración siempre interior del libro “La redondez de lo posible”, de José Enrique Delmonte, galardonado con el XV Premio Internacional de Poesía León Felipe en España.

Como lectores, somos invitados a transitar con sigilo, de la mano del poeta, este espacio que se abre ante nosotros como una burbuja frágil, etérea. Pero siempre está la tentación de pisar el otro, o sea: uno de los lados.

En ese punto embarga el miedo a abandonar el privilegio que apresa la voluntad de construirse solo a partir de uno de los bordes. Volvemos al centro, nos atrapa una gravedad que nos mantiene flotantes en el medio. La firmeza no existe, estamos cautivos por la incertidumbre de un camino sin principio y sin historia. ¿Cómo se siente este lugar donde solo habita la esencia de las cosas? ¿Frío, caliente, húmedo, blando? No, el tacto está aprisionado en una red de representaciones, de reflejos, de dudas. Solo es posible distinguir lo delgado de lo voluptuoso. Porque la redondez no es una forma, es un estado donde el ser se da una indeterminada finitud.

Nada duele en este espacio, pero existe la certeza de saber lo que debería doler y no duele. Y ese conocimiento evoca la incertidumbre de un recuerdo latente pero olvidado. ¿Es esto peor que el dolor? La respuesta está en ese punto de inflexión que radica entre el sí y el no. Si fuéramos a concluir con alguna sentencia argumentativa el grueso emotivo y racional de esta lectura, tendríamos que parafrasear aquella sentencia de Roland Barthes que más o menos rezaría: un poeta no está para crear palabras nuevas o para decir las viejas cosas de las que está hecha el mundo, un poeta está para escribir con palabras viejas los nuevos mundos que puede ver. De la lectura de “La redondez de lo posible”, de José Enrique Delmonte, queda esa sensación de que nos han descrito con las palabras de este viejo idioma, más viejo que sus habitantes, la realidad que habita en ese espacio fronterizo entre la realidad y el sueño, entre la vitalidad y el tedio, entre el pesimismo y la esperanza.

La redondez de lo posible
Ibeth Guzmán
ibethguzman@gmail.com

APERTURAS INFINITAS


La casa huele a vestigios de gardenias
voluntades permanentes se aglomeran
un pequeño talismán de aperturas infinitas
traicionan la rigidez de sí mismo
ofrece palabras ya perdidas

En cada encuentro la casa envejece
algunos motivos la delatan:
el sofá vacío
el armario en la sombra
un mantel desmenuzado
que ya nadie admira
de las parece brotan ruidos
colores confundidos
sellan testimonios
o conquistas

La casa señala
el centro donde el antes volvía
al revés en las tardes
repetido en aromas
la piel ahora se cubre de albergue

Un caracol en la mano
donde comprendíamos el mundo
tantos rincones de batallas y furias
aposentada placidez en el pasado
la juventud en un instante vuelve

La casa huele a pasillos somnolientos
suena a huella de sonrisas
aun el sol la transparente
en componendas de misterios
o de algarabías

Un pozuelo te sorprende
y caminas detrás de las gardenias…

©José Enrique DelMonte

HABITANTES DEL TEDIO


Si cruzáramos la línea
nos crecería la barba antes de tiempo
y quedaría atrás el mito
de volar sin tener alas
o el sobremito de parecerse al trueno
ya no será nuestra
la magnitud del tiempo
que derrochábamos apegados al fervor

Era el momento de la angustia
un paso nos borraría
como espuma en una brasa
otro nos haría grises
y nos mostraría el cosmos
de una manera confusa
era justa la amplitud
de esa ansia colectiva
que nos llenaba de peso
que nos cargaba de dudas
que nos agigantaba la pena
que nos prohibía lo absurdo

Si cruzáramos la línea
—no lo hagas—
ya no sería posible
reencontrarnos leves
seríamos barbudos siempre
e invisibles después
trasnochados y gruesos
habitantes del tedio

Tan solo una línea
y nosotros en medio…

©José Enrique Delmonte

NARANJAS TRANSPARENTES

Ahora el aire cuelga
de naranjas transparentes
te completas en la efervescencia
de sus trazos

Si partes la naranja
tu materia tu rudeza se adelgazan
entonces flotas y flotas
sobre la alfombra de tu olfato

Suceden tantas cosas invisibles
cuando alguien te permite dividirla
a un lado tan igual
a un lado tan distinto
hay caminos que estimulan
la lucidez de tus gozos

La naranja es una algarabía
de suspenso
honda… una… nueva… sola
en tus manos
asentada en tus sentidos
una naranja tiñe ahora
de utopía tu sangre

©José Enrique Delmonte

EN EL BORDE


La ventaja del mundo plano
es alcanzar por fin el horizonte

Tan simple el horizonte…

Apenas una lejanía inconsistente
cargada de graffitis con el nombre
de los sonámbulos que
no retornaron nunca

La ventaja del horizonte —ahora breve—
es la prohibición del eco
por la saturación de los adioses
la delgadez de la sombra
aleja la cordura de los nuevos
habitantes secundarios

La ventaja de los sonámbulos
es que lucen despiertos para esconderse
de los sueños agobiantes
parecen pompas de jabón sagradas
suspendidas sobre su propio rito

Tan breve el horizonte…

Hay silencio en este borde
donde a veces la campana rompe
la repetición del vacío

Entonces miro atrás
y apenas veo la delgadez del retorno

Tan simple el retorno…

©José Enrique Delmonte

A VECES EL MIEDO


A veces el miedo
mece las brasas del alfa impenitente
que conduce a la nada
vuelva la paz hacia simientes
de rugosos filamentos
se alza con las arras
de estivales desenlaces
y vuelve a dormitar
entre los vaivenes de la inercia

A veces cumbre
de espera inalcanzable
pasajero que se asoma
con versátiles mentiras
inocente instigador de retrocesos
compañero de desgarros
muchedumbre de caminos invisibles

Olor de cosas añejadas
que revela la pequeñez de la voz
borde de caídas suspendidas
en sí mismas
se asemeja al vacío
de las horas perdidas
luminaria que señala
la gravedad de las sombras

Detiene la multiplicidad
de lo posible
arranca desvanece
el dominio del yo
destruye ondulaciones
en los puntos cardinales
en que una vez el hombre
fue uncido tantas veces
ahora mutante
de lo ínfimo de lo incapaz de lo continuo
Suma de palabras parecidas a un arma
tanta soledad
tanta incertidumbre
tanta ambivalencia
en vuelo rasante sobre la espiga
donde descansa la firmeza
que se esfuma

A veces el miedo
es el hombre debajo del hombre
opresor de aspiraciones posibles
marcapasos en pausa
un hielo efervescente
que humedece la venganza
hasta destruir la tierra
donde cuelga nuestra voz

©José Enrique Delmonte

LAS ABEJAS ZURDAS CAMINAN CON DOS PATAS


Las abejas zurdas sueñan futuros en diestra
y huyen de la pesadez en las cosas inertes
duele el aguijón que traspasa mi nombre

Las abejas zurdas caminan con dos patas
cabalgan desnuda en el barro profundo
nadadoras en saliva de marsopas
rumian pasadizos de troncos
impares de mañanas tibias

Las abejas cargan la consistencia en sus alas
—diminutas alas que resaltan opacas—
las veo buscando el rojo o el ocre
en la transparencia del verde
¿ávidas de sangre?
¿rojas de melancolía?
no hay más  tristeza
que la necesidad de los ausente

Hay abejas surdas
que derraman palabras al estambre
aquietadas en luz
celebran en silencio
cuando se abre la dimensión
de lo intemporal

©José Enrique Delmonte

AL OTRO LADO


Al otro lado
tan distinta la piel que se repite
no lo sé
doce campanadas pueden sonar iguales
cuando se espera nada nuevo
pero es tan distinto el rompeolas
las sendas de futuros imperfectos
los ruidos que engrandecen los aromas

Tal como me contaron
aquí la tarde se detiene
para posponer la noche
gladiolos que se abren
con una sola gota
la tierra se mueve
como si navegara lejos
lejos, lejos
un rumor de placidez atrasa relojes
se entorpecen las gaviotas en sus giros
un puñado de arcilla sirve
para afincar memoria

Este es el otro lado
tan cotidiano que acaricia las horas
un azul inmenso
un verde avasallante
intensas olas
que agrandan la esperanza
he visto a las hormigas acercarse a la orilla
solo para conocer el riesgo
retornan risueñas
y se confunden entre ellas
como si fueran otras
es tan vasto este contorno
para suponernos tiernos
o tal vez  concedernos infinito

En este lado
las cosas se asemejan al eco
retornan en voces
o descansan en las manos
se convierten en sirenas
o cabalgan sobre la espalda
de las hojas
basta mirar el horizonte
para saberte de este lado
no es suficiente la nostalgia
para tantas repeticiones del asombro

©José Enrique Delmonte

CUANDO EL FRÍO SE DESVANECE



Al poeta Mariano Lebrón Saviñón

Una grieta se ensancha
el frío se desvanece
la caravana de verbos
huyéndole a la mudez
y la tierra —confusa— aferrada a la dureza
del tiempo que la comprime
hasta volverla un pliego
hasta destruir las voces que
sujetan la redondez de
lo posible

©José Enrique Delmonte

ALGUIEN DIJO QUE SOMOS DISTINTOS

José Enrique Delmonte
La tierra se divide en tantas partes
como la suma de los poros
de la muchedumbre enardecida
pueda aspirar
una línea es eso
una marca que te coloca de un lado
o de otro
y te obliga a parecerte a los que quedaron
de tu lado

Hay universos que no se tocan
porque pueden convertirse en pasadizos
hacia un olvido rugoso
no sé
cuando me coloco en el borde
veo ambos lados iguales
alguien destruye la convicción que sumo
para decirme que los pendones
ondulan horizontales
que las orugas se encuentran
en la cima
y se retiran en fila hacia el pasto
donde murió la mariposa germinal

Si alguna vez dialogas en el hueco
escucharás las palabras más feroces
que aún no puedes descifrar
es la conversación entre anatemas
entre bruma de altivez
que simboliza la otredad

Incluso
hay colores que no son tuyos
que no te pertenecen
sombras que cobijan la siesta
de los que han ganado
las medallas del olvido
colores en versiones
de densidades muy profundas
que una vez flotaron a ambos lados

Hay inseguridad
cuando quieres afincar tus pasos
en la marca diluida de lo propio
se asemeja el agridulce
de las cosas intermitentes
donde pones la mirada o la lengua

Hay dolor que a veces no es el tuyo
pero los gritos de los otros te contagian
hasta prescindir de tus extremidades
te desprendes cuando sufres
te revuelcas cuando duele
te vacías cuando te llenas de tanto odio
de tantas posibilidades de infierno
sobre capas de lo que nos ha precedido

La tierra se humedece
cuando una sola gota
es capaz de aposentarse
en las grietas donde persiste la vida
a un lado florece al menos un jazmín
alimentado por las raíces
que soportan la otra parte
a un lado se humedecen las sendas
y se anegan de esperanza
a un lado
solo
la posibilidad de una mañana
o la certeza de que brotará la valentía
a un lado la soledad inmensa
donde nada es tan verdad
como la mano que prohíbe el descanso

Hay tantos universos que no se pueden tocar
porque mueren al instante
como muere el jazmín que se humedece…

©José Enrique Delmonte

AQUEL VECINDARIO



Perdonen si les digo unas locuras
en esta dulce tarde de febrero
y si se va mi corazón cantando
hacia Santo Domingo, compañeros.
Pablo Neruda
Versainograma a Santo Domingo

Las calles de piedra
las sombras crujientes
el bullicio la mugre
las ofertas el ruido
se rumian vapores
se afianzan quimeras
apuestan futuros
se gime se llora
en los días sin nombre
a mediados de abril
(como si abril fuera ahora
a mediados del año)

Las noches tan graves
con su brisa del norte
domadora de muros
con las luces (no sé)
como si fueran ostras
o puñados de niebla
como si marcharan dóciles
en la sien o en el lodo

Y los nuevos se agrupan
con sus caras de triunfo
anudados confusos aterrados
sobre andenes de sangre
de estiércol o de sal

(La calle que quiebra
las puertas abiertas
los patios que guarda
los silencios ajenos)

Tanta distancia absurda
tantas ausencias ahora
y la risa persiste
en superar aquel tiempo

©José Enrique Delmonte

EL CAMINO ANCHO


Ahora
el exilio descansa en el hielo
la muchedumbre del vacío
inunda el festival de la nada
la pluralidad del humo
la magia y sus versiones
ruedan en pareja leves
llueve doce veces y qué
las termitas se preservan
en rendijas de otoño
la nostalgia o la intermitencia
o la valentía de los que rumian
detrás del camino ancho

El camino ancho
tan ancho…
©José Enrique Delmonte

SOBRE EQUINOS DE MADERA


Lo importante de esos años
no fue la tarde que obligó
a retrasar la madurez
tampoco los sobresaltos
en medio del asombro
ni las continuas lecturas
de galaxias repetidas
no fue el destino escogido
imbuidos de escozor
ni la complejidad de lo simple
que moraba en el entorno
ni la certeza de esa voz
sometida a prueba

Lo importante no fue
la grandeza de los miedos
cuando nos sabíamos
vulnerables al tiempo
ni la secuela de conquistas
sobre equinos de madera
ni la ampliación de los afectos
asentados en lazos

Lo importante…
apenas lo que queda

©José Enrique Delmonte

PÁGINAS DOBLADAS


Si lo hubiéramos sabido
habríamos derruido el tiempo con las manos
sin remordimientos
apretujados los segundos
que deciden la validez de las cosas
las escarchas habrían quedado
dormidas en las páginas dobladas
como cicatriz de suspicacias
como fisura de longitudes poderosas

Es tan tenue la distancia ancha
de la boca que separa la gigantez de la esencia
que allí sobresale el miedo
o se percibe la mirada de los errantes conocidos
es tan roja la esfera del pecado
que nos asumimos ruido
nos convertimos en simiente
nos trasnochamos en la nada

Y aun en la duda
confundidos con la similitud de los días
en que la bruma atraviesa la sombra
o la sombra se asemeja al alba
debimos destruir el tiempo
—si lo hubiéramos sabido—
donde la nostalgia es un hilo
suficiente para eternizar simplezas
y guardar las páginas dobladas

©José Enrique Delmonte

EL UNIVERSO MUERE DOS VECES


A Robert Frost

La tierra en las alas de un mirlo
muere y muere el universo dos veces
las olas disminuidas en algas
huele agria
la mañana de este otoño

Dos mirlos
son la constelación posible
apretujados redondos
embardunados de silbidos
son capaces de sostener
la sombra del eclipse
que provocan

La tierra o el universo
tal vez océanos de rayos
en el límite de la agonía
donde rumian las medusas
la memoria de sus mirlos
en este otoño rojo del retorno

©José Enrique Delmonte

DONDE MORA LA INCERTIDUMBRE



Hubo una vez el mundo
entonces ya la incertidumbre
siempre
puede que llueva a cántaros
tal vez decidamos adherirnos al suelo
y convertirnos en sopa
puede que nos dejen entrar sin preguntarnos
a dónde van tan de prisa
si aún no conocen la lista oficial
puede que saltemos doce metros
sin acudir a las alas
inservibles en su exilio
cuando llegan los días largos

no sé si pedir las cosas
para llevar o para quedarme
es apenas un segundo
de eternidad inconclusa
parecido a la fogosidad de las nubes
puede que transite en círculos
o prefiera descender en espiral
hacia el principio de las cosas
donde mora la incertidumbre
como si fuera cierta

©José Enrique Delmonte

RANURAS EN EL AIRE


Parecían carcajadas en descenso
o ranuras en el aire
o episodios de humedades
tanta gente que acude a
la batalla de torrentes

Nosotros asumíamos el rito
intuidos por el golpe del sureste
éramos una manada en espera
con inquietud por someternos
a su toque
la cara atenta la piel rebelde
a lo tibio a lo tenue a lo nuevo
en el estío

Parecían rumores de maracas
salpicadas de fondo
y nosotros festivos
desbibujados por las gotas
que nos vestían de halagos
y nosotros desnudos
inertes atrapados
en la inmensidad del iris
asomado a la dicha

©José Enrique Delmonte

LAS ORUGAS NO TIENEN NUDOS


Abrí la mano derecha
y no había nada
¡nada!
ni siquiera los nudos retorcidos
¿a dónde se marcharon?
¿quién los borró?
¿para qué podrán servir lejos de mí?
entonces pensé quizás estás muerto
totalmente muerto
como se mueren los zurdos
o se mueren los ciempiés

Si abres tu mano derecha
y no reconoces tus marcas
piénsalo
estás muerto
¡completamente muerto!
aunque escuches a los cuervos
devorar la noche
o a los arándanos
adueñarse de la luna
aunque estrieguen al oído
tu nombre
y tiembles cuando te acerques
al abismo
estás ausente
¿quién puede estar vivo
sin los nudos de su mano derecha?

Te miras al espejo
y no te ves
eso te han repetido siempre
pero es cierto
no te ves como eres
te ves como debiste ser
quizás una oruga llena de mundo
o una calamidad de residuos

En serio
todo puede ser para ti
o asumir que sigues vivo
o trasladar tus ansiedades
a otro tiempo
solo la ausencia de los nudos
te someten a la duda
sobre ti mismo

©José Enrique Delmonte

LA INSENSATEZ DE LOS VÉRTIGOS


¡En la espiral
los pensamientos deformados
ahora convertidos en filos
y las palabras
que una vez fueron palabras
derruidas de sí mismas

Un poco de centro
suficiente para desbordar la inocencia

Nada escapa
a la insensatez de los vértigos
aquellos ingrávidos suspensos
donde asumíamos
la longitud de las cosas
tan ajadas
que nos parecían nuevas

Tantos episodios
de estrellas conocidas
(allí Sirio
allá Celeno
tal vez Polaris)
que la espiral nos acercaba
al ojo inamovible de la noche

Aún se derrama
el olor de la melancolía
izada en episodios
donde se conjuga
la palabra viento

En la punta de los giros
colgados en un cosmos
rebanado en láminas de firmamento
en lajas de repeticiones
similares a espejos que dialogan

Nada escapa
a la insensatez de los vértigos
tan sublimes
tan leves
que aún no se escapan de nosotros

©José Enrique Delmonte

SOBRE LIBÉLULAS


Cuando por fin llegas a la arista
reconoces que has tocado el cosmos
¿te das cuenta que es casi un arrecife?
se parece tanto a esos bordes
entre la bondad y la incertidumbre
la tocas y sientes la peligrosa ansiedad
de dividir los antes
¡ah! emites ese grito
en medio de la nada que
se queda flotando a la espera de
algún hueco de escape
¿ha valido la pena atravesar la densidad?
montado en las alas
de la única libélula sin miedo
que confió en ti?
lo sientes y te estremeces
es la primera vez que tu corazón gira
hacia el lado inverso
¿dónde ha quedado el ojo
que podía ver el color turquesa?
te convences que este es el vacío
ese instante de las cosas plegadas
sobre sí mismas
y ves las palabras que piensas
suspendidas en la punta
de la raya imaginaria del ahora
no sabes qué hacer
con tanta extravagancia posible
y te cae una gota en la cara
que te humedece la memoria
que te acerca al abandono de lo absurdo
ya ves el turquesa en tu mano
y sabes que retornas al lugar
donde el vacío se expande
y las libélulas ríen

©José Enrique Delmonte

CANTO DE SIRENA PARA GERTRUDE


A Gertrude Stein

¡Muévete, Gertrude, muévete!
navega atraviesa domina la inmensidad
de lo lejano de lo cerca
acrecienta la espera sobre las hojas
que mercan destino
¡deprisa, antes de que sea tarde la tarde!
rueda sobre cipreses
elévate hasta mirarnos
despójate de tu Olimpo
desciéndenos aposéntate en las arenas
solitarias del estío
dibújate en cigüeña
en gaviota en codorniz
y tienta la bruma donde
se adormecen las palabras
palabras que son palabras que son palabras
parecidas a tus feroces noches salvajes
a tus resortes de magia
a tu cobijo necesario
de voces y texturas
camínanos con Yelidá
a la orilla donde se confunden los sueños
las partidas los retornos
susurra breve a la diestra
de la hija reintegrada
y descubre con valentía
la historia de la mujer que está sola
—parecida a Aura a Vicky a Luisa—
cuando te envuelvas en café
asómate ahora
a la niña que quería ser sirena
y repítele una vez más que
una rosa es una rosa es una rosa
como la vida inmensa
y tu cercanía enorme plausible infinita
©José Enrique Delmonte

INGRÁVIDO

Fuera de la tierra
añoro la tierra…
círculo diverso
breve de episodios y proezas
la inercia
la calamidad de las bocas
que no emergen
me persigue la faena de volver a pensar

Fuera de la tierra
y mira…
la sirena interminable rasguña la paz
el tumulto o la saciedad
el tiempo repetido en luces
la oportunidad de un hueco
o la demolición de tempestades
a mi lado un grafito y un sextante

Una vibración se asemeja al ocre
o al silencio
y mira…
todo las estrellas
barbudas cicatrices
que carcomen el hastío
me molesta lo callado que no cesa
y el peligro de volver a rituales absurdos
deberías venir y dormir a mi diestra
y te contraría de la tierra
apenas una hebra convertida en puño

Ahora puedo acertar en la fragilidad
o en lo simple
supongo que sueño
un insomnio de sucesos
ahora me acorrala el polvo
me llama
y añoro la tierra
hueco de desgarros
donde descansa
mi voz en tu regazo

©José Enrique Delmonte

LA MIRADA


El ojo descansó fuera de sí
—solo— en la vastedad y consistencia
ajeno a la mirada de reojo
apenas flotante en los extremos

Globo infinito en el límite de lo posible
gira se desplaza en lo plural
en lo obvio del asombro
detenido en la inmensidad
del instante
culpable de la trampa
de tantas aventuras
ojo en el espectro o
en el aleteo de la noche
repetido en sucesión de latitudes

El ojo de la carne
—contorno del orbe—
donde nadan los tiempos
sumergidos en la lumbre
errante en la orfandad de sutilezas
o en la estridencia de los obsceno
colgado de su abismo

Ojo de tanta abundancia…
ojo de lejanos desenlaces…
perdido en la mirada de las cosas
que ya dejaron de ser cosas

©José Enrique Delmonte

EN LA RAÍZ DE LAS COSAS ÚNICAS

Me copio
y estoy atento de mí mismo
la costumbre de entenderme doble
escudriñando al otro
en lo que me pertenece
somos dos en la misma
vibración de las cosas
me deberá caer esa gota en mi cara
porque así está escrito
una gota es ahora
una copia de sí misma
toca la cara del que está a mi lado
entonces un millar de voladoras
se alborota
perdido en la noción de su ámbito
cuando sabe la duplicidad del tiempo

Me copio
y de inmediato aparecen los celos
nada de mí debe repartirse tanto
mucho más si comparto ahora la carne
si todo cuanto ansío
multiplica y enardece
la quietud de la soledad
que ahora evoco

Me copio
en la timidez o en el arrojo
en tantas mentiras que me calman
la agonía
en esas hazañas alimentadas
con mi lengua
leyendas repetidas con orgullo
como únicas
dueño del quizás que
se me antoja inmenso

Me copio
y lo comparto todo
—y digo todo—
la ambivalencia de saberme otro
en la raíz de las cosas únicas

©José Enrique Delmonte

José Enrique Delmonte gana el XV Premio Internacional de Poesía "León Felipe" con su obra "La redondez de lo posible"


José Enrique Delmonte Soñé

ZAMORA, España.- José Enrique Delmonte, ex ministro de Patrimonio Cultural de la República Dominicana, y presentado con el seudónimo Funes Valdés, se proclamó ganador del XV Premio Internacional de Poesía “León Felipe” con su obra “La redondez de los posible”, en el prólogo cultural de las Fiestas Patronales de esta región.

El fallo tuvo lugar en el salón noble de convenciones del “Edificio del Reloj” y estuvo presidido por el alcalde de Tábara José Ramos San Primitivo (presidente del jurado) y por el director del certamen Jesús Losada, junto al máximo responsable del Centro de Estudios Literarios de Castilla y León (Celya), Joan Gonper, entidad promotora del premio junto al ayuntamiento tabarés.

Un total de 312 poemarios de 17 países diferentes: 210 de España y 102 del extranjero fueron recibidos este año.

Entre la participación extranjera, 102 poemarios, por segundo año consecutivo, México, país donde vivió exiliado y murió el insigne tabarés, ha vuelto a ser el país con una mayor participación con 19 poemarios, seis más que en 2015.

El pasado año fue ganador el mexicano Ignacio Ruiz-Pérez autor del poemario “Libro de la Ceniza”, que en esta edición ha sido miembro del jurado.

En segundo lugar se sitúan los trabajos llegados desde Argentina y Costa Rica, con 14 en cada caso. De Chile participaron 7 poetas y 6 por país de Cuba, Perú, Estados Unidos y República Dominicana. El resto procedían de Venezuela (5), Colombia y Portugal (4), Brasil, Canadá y Ecuador (3) y Panamá (1)

En España con 210 poemarios los poetas de Castilla y León fueron los más participativos y presentaron 42, seguidos de los de Navarra (27), Madrid y País Vasco (19), Castilla-La Mancha (18), Cataluña y Galicia (14) Andalucía (13), La Rioja (12), Extremadura (11), Valencia (9), Canarias (8) y Murcia (4).

“Hemos cumplido quince años y el León Felipe se ha consolidado ya como un referente poético a nivel mundial. La participación extranjera ha subido un 30%, un éxito en cantidad y también en la calidad de los trabajos”, dijo Gonper.

wj/am

La palabra: el ladrillo que sustenta la verdad alquímica que funda la ciudad del sueño, en la prosa poética de José Enrique Delmonte. por Jennet Tineo

Jennet Tineo

La pelota qué arrojé
cuando jugaba en el parque
aún no ha tocado el suelo.
Dylan Thomas

Un incendio en medio de la nada fundó las estrellas, provocado en su efecto por causas ocultas en lo oscuro, semillas que sólo son conocidas por las manos del sabio, iniciado avanzado en operar el cuerpo incorruptible del absoluto, poderosas armas que las mentes profundamente despiertas insinúan y conocen. Estas armas son herramientas que construyen ideas, sistemas y estructuras, tienen la capacidad de destruir en la misma sagrada medida en que crean los mundos posibles.
José Enrique Delmonte lleva la palabra como un sino de su memoria, la lleva intacta como la ciudad que evidencia y describe en su libro Alquimias de la ciudad perdida, y es precisamente ella, la palabra, la bailarina iluminada en el escenario del cosmos, esa malabarista incandescente que funde internamente lo que es: en la materia, lo que es: más allá de lo tangible y muestra el origen de todo.
Alquimias de la ciudad perdida es una recopilación de textos breves, escritos en prosa poética, estampas y relatos que nos citan en lugares donde lo real y lo imaginario pierden la fina línea guía que los sujeta. José Enrique Delmonte logra en ellos trasmutar, en ese cruce de realidades y sueños, lo fantástico y es allí donde reside lo poético.
Un discreto viaje literario que comienza con la idea, donde se esgrime “un grito de guerra contra el olvido”, y es que antes de continuar sobre las líneas y lo que develan, debemos decir que la ciudad, y así nos lo plantea este arquitecto poeta, no es esto que capturan los sentidos en el instante; la ciudad esa que es plena y real, es la que almacenamos en nuestras memorias, la ciudad es un fantasma mental, no está construida de materia; está construida de los átomos transparentes de la idea, que se alza como piedra para sólo ser a partir de cómo es recordada, y sólo esto tiene sentido en su aire.
“Eran tenues carpinteros fabricantes de instrumentos capaces de abrir los sentidos de los que habitan un mundo ciego y estridente. Eran los que regaron el oficio. Eran los pioneros…” Así nos describe Delmonte a esos padres hacedores, forjadores del principio, que conciben en sus sendas los nuevos caminos que marcaran los pasos del futuro, ese fruto que se come congelado, bajo un sol implacable.
A partir de la esfinge que la idea es sobre la isla, surge el sistema, y es en esta parte que comienza a evidenciarse la formula mediante la que se pasan uno y otros la sabiduría y el conocimiento, porque la solidez de las civilizaciones comienza en los cimientos, y esos cimientos son vocablos evocados y específicos que unos pocos conocen, y como bien nos dice la narración: era lo mismo que formar una fila para seguir el camino de la espalda, yo te sigo, tú me sigues y nadie debe mirar atrás, se trata de una filosofía hermética, pues como dice Hermes Trismegisto; “Los labios de la sabiduría permanecen sellados excepto para el oído capaz de comprender.”
El origen del caribe y sus ciudades de sol, cuyos puntos cardinales orientan a quien escribe y quien escribe edifica la urbe sobre el misterio, en la narrativa de José Enrique, nos recuerda a Macondo en sus personajes y sus imposibles reviviéndonos el alma; y seguimos el intermitente rastro de la luz, que realza bajo su lluvia incesante: la Estructura, título del tercer relato del libro.
En este encontramos un mantra salvador de la piedra y la argamasa que dice: “Soy capaz de levantarte, oh muros, y colgarte oh vigas para hacer de ti un palacio de envidias”. Se transforma en un canto inesperado que incita al lector a continuar lentamente hasta alcanzar la alquimia de la ciudad resuelta.
Los brazos abiertos de las metáforas, tienden alfombras de verde pasto para volar desde el punto fijo que este narrador omnisciente nos presenta en cada entrega, aborda la nave del relato breve tipo estampa, creando imágenes que invaden y se mezclan, podemos descubrirlo en un lenguaje nuevo, que eleva lo técnico al arte, buscando sublimar e hipnotizarnos vinculando personajes míticos, mitológicos de la historia universal con personajes citados desde su inventiva de creador, personajes que nos recuerdan espacios y escenas de la infancia, eso que nos es común en la maleta de nuestras experiencias.
En la Propuesta, cuarto relato del libro podemos abrazarnos con fuerza de estas líneas impactantes que dicen: “Al golpe del primer tambor resonaron la tibia y el peroné que crujieron como leones alados en medio de la tundra. Paso a paso entre contrapuntos y corcheas…” Son estas palabras las que ambientan nuestra entrada a la noche, al movimiento telúrico que nos sugiere el escritor con la danza. Porque todo es movimiento, nada se escapa hacia lo estático, hay que estar ciegos para creer que las cosas no avanzan o retroceden, levemente todo es movimiento.
Llegan Rómulo y Remo acompañados de Nerón a la costa, y puede sentirse en su llegada el olor de la sal, la determinación y el fuego, el dolor propio del inicio y es así como acompañados de estas figuras universales se reescribe la historia, y una nueva ciudad surge desde el viejo cascarón de la otra, esa que fue escribiéndose desde la otra orilla.
Una implacable señal impregna el sexto relato, bajo el título de la Esperanza, la esperanza que se instala  en nuestras sienes como un programa-consecuencia, eso que surge en los momentos más angostos del camino, es en este relato donde todos los lectores terminamos implicados y sin vuelta atrás comprometidos. “Y saltábamos en los charcos estivales y nos adornábamos con cadillos que crecían con nobleza como si fuesen nabos. Y cosíamos los ruedos con gamuza para hacer más ligera la pisada, ¡Qué momentos Dédalo como olvidarlos!”  Al involucrar el olvido, José Enrique Delmonte evidencia la gran brecha entre la naturaleza y los artificios,  un sutil;  pero vibrante planteamientos nos hace recordar el pasto virgen y su sensación en los pies, en su indomable altivez contra la tela,  hermosa postal del espacio vivo, eso que tú que también eres Dédalo no debes jamás extirpar de tu memoria.
El Compromiso termina siendo el puente de unión entre estas dos ciudades, la que se siembra en la tierra y la que se eleva hasta convertirse en un frondoso árbol en nuestras conciencias, por esto en el séptimo texto las verdades se plantean amargas, difíciles de tragar y a pesar de ello un encantador hilo de azúcar las corrompe exponiéndola en estas líneas: “Hay promesas que es mejor no conocerlas, que es mejor no dejarnos convencer por su franqueza. Son pequeñas carnadas fusionadas con almíbar para luego ser vendidas por centavos”.
Desde el fondo del octavo relato surge una consigna casi militar y extraordinariamente es la marca más terrible de nuestro destino como pueblo confitado en una isla que se divide en dos mitades, sin equilibrio y de desiguales distancias territoriales, estas son las palabras que siniestramente en el texto hacen eco en nuestra identidad isleña: “Se tiñó de cascaras la línea divisoria de la isla para humedecer la tea que había quedado encendida desde la última batalla”.
En la Pasión, noveno título al interior del libro, crece el realismo mágico orientado por la religiosidad, inequívoca característica de nuestra idiosincrasia, se personifica en un hombre cuya cruz nos recuerda a Cristo en su propia pasión, sólo que este personaje tenía la rara capacidad de establecer una nueva dimensionalidad a lo pesado y a la monumentalidad de su problemática, en su fantasía podía dormir ligero y en esa parte estalla un dilema moral, o quizás una solución desde el punto de vista emocional, encontrar un posible escape como quien cierra un poco los ojos para no ver y se relaja en medio de lo hostil, inevitablemente tenemos que pensar en nuestras propias posturas ante los problemas sociales, en muchas ocasiones redimensionamos a conveniencia las situaciones. Así el autor nos cita a todos ante el décimo relato, con la clara idea de plantearnos la Misión, establecer a partir de él nuevas reglas, utilizando una personalidad de la literatura, la escritora francesa del siglo XIX, George Sand, quien viene montada en una alondra a hechizar el mapa de la primada con sus pócimas inesperadas, que disfrutaran a lo largo del texto que da cuerpo a esta narración.
La luz rasga finalmente la túnica opaca del viejo casco urbano en su historia y fundación, con el planteamiento de la Visión desde el onceavo escalón de palabras descriptivas del onceavo relato. Surge en la determinación, la duda en esta oración: “Y pensaron regresar, desistir de esa locura de llamar los huracanes con dos piedras amarradas en un palo de limón”.  Pero la siesta le hizo imposible el regreso, no hay retorno para quien ya ha puesto un pie en la arena movediza de su propio destino. Doce marca el minutero, para percibir el somnífero sonido del Sueño, doceavo espacio textual del libro. La simbología sagradamente venerada por la ancestralidad nos provoca suspicacia al encontrarnos de frente con un cielo geométrico dispuesto a develarnos sus secretos más obtusos, esto se evidencia en el párrafo que dice: “Y el escribano hablo: señoras y señores, hoy somos testigos del nacimiento del símbolo, y la euforia destruyó el silencio de los presentes, que gritaron agitados, viva el rey y sus dominios, viva Persio y su designio de ensortijar nuestro destino, y se partió el cielo en triángulos sucesivos de treinta y tres grados y un rayo sinusoidal de color eneo casi similar al estaleo pero más pálido, se convirtió en martillo para girar sobre su centro y construir paredes y columnas, para levantar alfices y molduras, para cerrar las bóvedas de grandes luces soportadas sobre tierra humedecida, para coordinar los vértices donde colocar campanas que alcanzaran un día a responder con resonancias casi eternas los quejidos de los perdidos”. Así nos deja claro José enrique Delmonte el punto donde comienza la verticalidad de los sueños.
En la acción de convertir el metal inerte de lo pensado en resolución viva, aparece la Oferta, treceavo lugar de esta ciudad textual en su alquimia. En este experimentaremos el erotismo ofrecido desde los húmedos muros del deseo, una postal del paraíso; y nos habla del mar, de ciudades perdidas, el reino donde todo lo perfecto colisiona y desaparece, la Atlántida, esa visión mitológica de la utopía. Un aterrizaje forzoso en el Absurdo posición catorce del conteo, donde el escritor poetiza lo recurrente en el imaginario del libro y finalmente algo cambia, empujado desde el ritual de la prosa poética que caracteriza esta estampa.
Y es así como llegamos a trasmutarlo todo, cada texto es metido al fuego y su impacto, declarando la trasmigración de la idea de nación y su perdida desde los vericuetos del olvido, a la digestión de los elementos de un lenguaje nuevo formados por las letras de una ciudad configurada en su distancia perpetua, el relato número quince,  metafísico y trasgresor bajo el título de la Alquimia, encierra y libera el deseo como un ave que sobrevuela invadiendo cada grieta con el perfume propio de las posibilidades.
José Enrique Delmonte no sólo mueve nuestro mundo desde sus propuestas arquitectónicas y de prosa; sino que extiende el dominio de la construcción creativa desde las alas porosas de la poesía y surge el misterio del amor entre las sabanas con Once palabras que mueven tu mundo y otros poemas inéditos.
Once palabras que mueven tu mundo, poemario que exhibe una brillante sutileza, refresca los sentidos arrasados por la sensualidad del amor y la nostalgia: se extraña, se sufre, se reconoce en el otro un espejo y una perdida incalculable del espacio que llamamos propio; como cuando leemos esta estrofa del poema Al Cabo de los años que dice:
Cuando te veo
Pareces una espuma, que aún permanece
O una estela endurecida sobre aguas
O una marca que señala el vacío ya perdido
O tal vez
Una luciérnaga dando vueltas sobre vueltas
Un paso congelado

Y continúa diciendo:
Y te veo y peco sin piedad, sin aliento
Vuelco mi esperanza en tu techumbre
Duermo, varias veces, aprisionado por tus duendes.

Nunca deja de lado el poeta su capacidad de reconocer en las calles, esquinas inesperadas, espacios hechos de palabras y momentos; nunca deja de lado el poeta su capacidad de poetizar las formas, las estructuras, la cadencia y el ritmo de lo arquitectónico. La poesía cobra una fuerza distinta coloreada por vidrieras altas, vitrales de su alma y en poemas como En la otra orilla, la piel descubre una nueva textura cuando leemos:

Soñábamos las islas insomnes
Las líneas adyacentes que confinan al mundo
La espuma que nos traga en fantasías de dos puntas.
Y contábamos pendones amarrados al espejo:
Un pocito de favores
Una esquina de solsticios
Una almendra madurada entre tus manos
Un martillo
Y dos cajuelas.

Versos contundentes conspiran hasta producir un movimiento en el alma del que lee, y el poeta nos dice:
Te sabía una parada inevitable
Un pedazo de viento que somete latitudes
Un estío
Un sombra o tal vez un pétalo
Eternizado con tu nombre.
En el poema titulado Cuando el Olvido perdió la memoria, la figura humana se presenta en su división de géneros, enamorada y suspendida mientras el poeta nos eleva con esta estrofa.
El miro por un instante
Su figura
La entendía
Como un ritmo necesario del destino
La beso entre sus dedos
Calurosos, la abrazo y la lloro
El entonces dijo esa frase inesperada
Esa suma de figuras incesantes
Un conjunto de palabras destructoras de su símbolo.

La soledad es otra cosa en la poética de Delmonte, estar solos pasa a ser el disfrute de una presencia hecha de nostalgias, del privilegio de otro tiempo más hermoso en compañía, tal como exaltan estas líneas del poema Solos:
Después de la jornada
Apenas quedan rostros
Pocas nueces
Dos o tres vasos desechables
Suspendidos en el patio
La imagen inerte del desconocido
Que regó historietas ya gastadas…
Más adelante continua diciendo:
Marcas de migajas y sombras
que rodaron hacia donde fue la algarabía.

Lo mismo sucede en el poema Estas y existes, donde se me hace imposible no transcribirles estos versos hermosamente logrados:
Si te vas
Treparé despacio
Tenue
Ligero a las copas más oscuras.

Si te vas, moriré en la tarde que duele en la esquina solitaria.

La presencia del mar penetra la arquitectura azul del verso en la sal, la espuma, el agua y su ola; así nos dejamos poseer por el poema cuando intuido desde el vaivén, busca nombrar lo amado, como nos manifiestas estas estrofas del poema Escribo incesante tu nombre que dicen:
Es un giro de espumas y sales.
Una estela sembrada en mis noches.
Tal vez una línea
Sin bordes ni esquinas.
O quizás una niebla,
Un suspiro, una huella.
O una queja fijada en el tiempo.
Cuando tuerces
-al fin-
Pones tu línea en mis manos y escribo incesante tu nombre.
La danza y la sutileza del movimiento es un signo, signo de los cuerpos y sus orbitas, de lo femenino y lo masculino entendiendo su papel desde la interacción con el opuesto, derivando el absoluto en estos versos que anidan la música del vértigo cuando el poeta escribe:
En tu cercanía
-te juro- Detienes el mundo
En la danza que aún espera
Como si nada hubiese sido antes de nosotros.

El tiempo se maneja en los poemas como un perseguidor indiscutible de las palabras, que se agotan tras su paso invencible y efervesce en versos como estos del poema Suficientes vértices:
Dos zumbadores
Solo dos
en medio de los tantos cronogramas
Que llevamos para seguir adelante
Ya suena la hora y me espanto

Éxtasis pleno en la brevedad del poema que da título al libro: Once palabras que mueven tu mundo y respira en su caligrafía de humo tres encantadores versos en la sintonía de la luz que dicen:
La mano que te falta
Diluye
La mano que te toca

Grandioso, así en ese breve espacios de palabras crece la admiración de lo perfecto, a veces pensamos que para decir mucho hay que abundar, pero esto la verdadera poesía lo desvirtúa en su precisión, porque las palabras bien armadas de su ruido interior nos dejan esa vibración que se extienden más allá de su significado, al ritmo del alma y dicen mucho más que lo que puede leerse.
José Enrique Delmonte arquitecto y poeta es un genuino creador, está parado sobre el sentimiento dejándose provocar, inaugurando en sus metáforas e historias un relámpago que vincula mundos distintos, donde el arte crece como un puente indiscutible y perpetuo sobre las aguas incesantes de la experiencia humana.

Arquiteca y poeta Jennet Tineo
Puerto Plata, febrero 2015

Animula,vagula,blandula... De Borges a Lezama. Omar Rancier.



Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos...

(Pequeña alma, errante y encantadora
invitada y compañera del cuerpo
que pronto partirás a lugares
pálidos, frígidos, desnudos
el fin de todas tus bromas)
Adriano   


Cuando pienso en definir la poesía me viene a la memoria la rima de Bécquer , "el meloso" como le llama JED, que termina con el contundente. Poesía eres tu.
Y así la entiendo, poesía eres tú, él, ella, aquel, somos todos...es esa proyección del sentimiento hacia el mundo, simplemente.
Cuando pienso en poética, me voy a la definición de Umberto Eco, en el sentido de que poética es la capacidad que tiene un texto de comunicar diferentes significados, o sea de leerse de diferentes formas.
Y JED se expresa en ambos lenguajes, en la prosa poética donde juega con los significados múltiples que permiten una cascada de interpretaciones, a lo Borges , a lo Lezama y en el lenguaje de la poesía; breve y cargado de sentimientos, como Bécquer, el meloso.
Lezama, desde su mundo mágico de la cantidad hechizada, habla de poiesis y nos arrolla con un mundo de palabras y erudición regurgitado un Caribe mágico que se resuelve en el capítulo VIII de Paradiso y Borges desde su ceguera iluminada sueña, con Funes, el memorioso, el sueño del soñador que recoge José Enrique y lo convierte en una metáfora de la ciudad perdida.
La voz del poeta se desgrana en discursos, ritmos y cadencias que nos hablan, gritan y susurran a la vez y nos descubren un mundo, o mejor, nos descubren una nueva manera de ver el mundo donde las hormigas y la tierra son interlocutores idóneos del cielo y del mar, donde la propia ciudad hay que descubrirla entre pliegues y rizomas hechos de palabras, cabalgando desenfrenada sobre un trópico entrópico que descubren los pioneros entre sendas perdidas y pedregales filosos.
La ternura, por su parte, brota, y cruje como una vena rota, en breves destellos de sentimiento.

La lectura de los textos de JED la podemos hacer en tres tiempos:
La poesía
La prosa poética
Y los Ensayos
Y cada uno de esos tiempos nos habla en un discurso poético - Eco- que nos refieren a autores latentes que permiten a nuestro poeta recoger de ese legado para construir un legado propio.

Quisiera comenzar explicando el título.
El verso de Adriano, me parece muy apropiado para describir al poeta.

Animula, vagula, blandula (pequeña alma, tierna y flotante)

Así veo el alma de José Enrique.
Un alma pequeña en sus dimensiones corporales, pero a la vez grande en una ternura especial que flota sobre los sentimientos y las cosas.
De ahí se desprende una voz que va tejiendo su discurso a partir de otras voces  y aparece Borges, su predilecto, en su sueño que se sueña desde el propio sueño del soñador:

Inio tenía sueños recurrentes. Soñaba con lugares perdidos, llenos de luz. Soñaba convertido en sonrisa, bañado en carcajadas amarillas emanadas del abismo...
(Alquimias de la Ciudad Perdida, El Sueño. Pág. 73.)

Aparece Bécquer, el meloso, tejiendo sentimiento en las vírgenes vestales:

               "de pechitos nuevos y bucles entrelazados"
( Alquimias de la Ciudad Perdida, La Misión. Pág. 63.)


Y en la pedrera urbana aparecen, del lar nativo, Manuel Rueda desgajando la ciudad como una muñeca rusa y  Marcio Veloz Maggiolo escucha la voz de Ramón Francisco "en el pregón y el canto musical de la vida"

Caminó sola por las calles del oeste y pisó cada adoquín de la Plaza Mayor, visitó las ruinas y descubrió el Alcázar, divisó los muros y pudo combinar el minutero con la hora en el reloj del sol...
(Alquimias de la Ciudad Perdida, La Misión. Pág. 63.)

 A mí, particularmente, se me enreda Lezama en varios de los textos delmontinos.

Caminaba a grandes pasos que apuraban su sendero sin destino, dormitaba entre Orión y Casiopea, y peinaba su antebrazo al despertar...
(Alquimias de la Ciudad Perdida, La Pasión. Pág. 56.)


En la poesía de Delmonte resuena el beso de Miguel Hernández, el poeta-pastor de la República Española revolucionaria:

Beso que parece cierre beso que se abre en beso
Beso tan redondo tan contorno tan completo
Beso aun beso que no escapa jamás el beso
Beso que repite las marcas del beso
Beso fuego
(Intensidad, Inédito. 2014.)


Quiero detenerme en el poema Inminencias, dedicado a Emilio Brea, a propósito.
Emilio, el amigo, mentor, consultor, de José Enrique.
Ese texto resalta claramente como el poeta, JED, transmuta el dolor lacerante de la perdida de su amigo, en una breve, conmovedora y bella elegía donde dice:

La inminencia en el verbo
donde calas esas impávidas versiones
de breves apegos tiernos
de incesantes convergencias

(Emilio en Tango Doble, Inminencias. http://rancier-penelope.blogspot.com/2014/08/celebrando-emilio.html )

Y del que escribió en prosa y en tango doble:

Me habló de futuro, de mi propio futuro donde él esperaba verme, de tantos planes editoriales y de ideas. Me tuve que ir y dudé si tomarnos una foto, sentí que ya no habría otro momento pero aposté al optimismo y nos prometimos porvenir. Me miró con aquellos ojos que transmitían piedad y gracias. Nos abrazamos y sonreímos y le pedí que sanara pronto. Cuatro días después entró en su fase final. Estuve todos los días junto a él hasta su partida. Había terminado su historia y apenas comenzaba su inmortalidad…
(Emilio en Tango Doble. http://rancier-penelope.blogspot.com/2014/08/celebrando-emilio.html)

En los ensayos, Eco resuena entre los muros y la arquitectura se convierte en habla, en  parole, en trópicos y palmeras y en gritos que tratan de rescatar nuestras esencias construidas de los piratas de cuello blanco que asaltan nuestras ciudades y nuestras vidas.
Quiero terminar con el final de los versos de Adriano, un poco indicando lo que le espera a nuestro poeta, arquitecto y amigo:

Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
(Que ahora te preparas a bajar
Por lugares pálidos, rígidos y desnudos)
O sea enfrentar nuestra sociedad….


Omar Rancier
Poética de Febrero. Puerto Plata, 13 de febrero de 2015.
Arquitecto Omar Rancier