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lunes, 27 de diciembre de 2021

LA INTUICIÓN DEL MISTERIO EN LA POESÍA DE JOSÉ ENRIQUE DELMONTE

 Publicado en el Boletín del Ateneo Insular

 

LA INTUICIÓN DEL MISTERIO

EN LA POESÍA DE JOSÉ ENRIQUE DELMONTE

 

Por

Bruno Rosario Candelier

 

“…no hay más tristeza

que la necesidad de lo ausente”.

(José Enrique Delmonte)

 

   José Enrique Delmonte es un recio intelectual dominicano con una fecunda y edificante obra en arquitectura, demografía y literatura. Natural de Santo Domingo, autor de ensayos, narraciones y poemas, ha publicado valiosos libros donde la palabra es centro de sus intuiciones y vivencias (1).

 

   Las vertientes de la creación poética de José Enrique Delmonte en La redondez de lo posible son las siguientes:

 

1.              El sentido trascendente del misterio subyacente en la realidad sensible (Trascendentalismo).

2.              Dimensión representativa de las cosas, que percibe la mente consciente (Simbolismo).

3.              Significado oculto, profundo y entrañable que las cosas contienen (Surrealismo).

4.              Expresión de la lo interior de lo viviente que la realidad concita en la sensibilidad (Interiorismo).

 

   Para formalizar, en el plano de la creación poética, su visión de la realidad, el poeta crea cuatro instancias en el fuero de la palabra:

 

1.    Creación de la realidad verbal como ámbito representativo de lo que las cosas encarnan y sugieren.

2.    Reproducción de la realidad estética como fuero entrañable que los datos sensoriales aportan.

3.    Recreación de la realidad sutil que lo real despliega, ámbito vaporoso, imaginario y espiritual, que la dimensión material genera.

4.    Auscultación de la realidad interior de lo existente para reproducir, en el cauce de las sensaciones, las vivencias del sujeto visionario.

 

   José Enrique Delmonte, prestante intelectual con alto prestigio como arquitecto, historiador y poeta, en La redondez de lo posible (2) confirma que la poesía es una de sus pasiones porque los poetas, que están instalados en el mundo y que desde la percepción sensorial de las cosas nutren su sensibilidad y su conciencia, suelen canalizar sus intuiciones y vivencias a la luz de lo que perciben en su contacto con lo real.

   En el primer texto de este poemario, el poeta habla de la inminencia del asombro, lo que indica que él se asombra ante la realidad de lo viviente. En efecto, el encanto de las cosas, el sentido de las cosas o el misterio de las cosas concitan su sensibilidad y lo invitan a plasmar, con el lenguaje de la creación poética, lo que siente, vive y experimenta en su contemplación de lo viviente, y por esa razón el poeta se instala ante la inminencia de las cosas, y asume la palabra justamente para testimoniar lo que las cosas le inyectan en su sensibilidad, para canalizar lo que las cosas le sugieren, que es lo que hacen los poetas, los genuinos poetas que se inspiran en la realidad de lo viviente, como podemos constatarlo en esta muestra poética:

 

La inminencia del asombro

en esos rizos que se antojan eternos

galopantes en descenso

hacia ese punto donde

se desnuda la inocencia

La inminencia en las cosas

-en sí mismo-

y al menos en la palabra

para parecer perpetuos.

(La redondez de lo posible, p. 11).

 

   En el poema titulado “Aperturas infinitas” el poeta se instala en la casa y observa los detalles sensoriales que reflejan las cosas (objetos, muebles, flores, adornos), todos los detalles que hay en una casa y, entonces, percibe la sensorialidad de las cosas pero, como poeta que ausculta lo viviente, no se queda en la dimensión de lo sensorial, sino que penetra en la vertiente profunda de lo real mediante la auscultación con sus sentidos interiores para captar el valor de las cosas. Entonces, como un pequeño talismán, percibe la realidad infinita, o mejor dicho, las manifestaciones infinitas de la realidad porque la realidad, aun siendo limitada y finita, canaliza irradiaciones infinitas a través de sus fluidos sensoriales y, sobre todo, mediante sus efluvios suprasensibles que la palabra capta y perfila, y que el poeta usuario de la palabra, como creador de nuevas realidades estéticas y verbales, trata de asumir, recrear y entender cuando ausculta lo que subyace en el sótano de la misma realidad: 

 

La casa huele a vestigios de gardenias

voluntades permanentes se aglomeran

un pequeño talismán de aperturas infinitas

traiciona la rigidez de sí mismo

ofrece palabras ya perdidas.

(La redondez de lo posible, p. 12).

 

   Dije que el poeta ausculta el sentido trascendente del misterio, pues cuando digo “el sentido trascendente del misterio” sugiero, en primer lugar, que el poeta va por el sentido, pues no le interesa la apariencia de las cosas aunque no la desdeña, pues lo que él busca realmente es el sentido, el sentido que subyace a las cosas y, desde luego, va mucho más allá porque no se conforma con el sentido, con el sentido de las cosas, porque él quiere auscultar el sentido del misterio, y esa es la importancia de este poemario en el que su agraciado autor aborda esa dimensión enigmática de las cosas, esa dimensión sutil de lo viviente, porque ciertamente las cosas tienen una dimensión enigmática, lo que significa que no comprendemos todo lo que encierran, no lo captamos todo, porque hay una dimensión oculta, soterrada, solapada, misteriosa y enigmática que tiene todo lo existente, y que los poetas, que tienen la capacidad para horadar la parte inasible de la realidad y, sobre todo, porque tienen la vocación para penetrar en la dimensión soterrada de las cosas, entonces el misterio les atrae, ya que el misterio es una fuerza poderosa y apelante en los poetas, y el mismo autor de este libro, José Enrique Delmonte, habla de la componenda de misterios porque él quiere tener una componenda particular con el misterio, ya que su intención es revelar, mejor dicho, revelarnos a los que no somos poetas, ese misterio profundo que ocultan las cosas, que entrañan las cosas, que solapan las cosas por lo cual el poeta da una mirada profunda a esa dimensión inasible de la realidad, como se manifiesta en la siguiente cita de su singular poemario:

 

La casa huele a pasillos somnolientos

suena a huella de sonrisas

aun el sol la transparenta

en componenda de misterios o de algarabías.

(La redondez de lo posible, p. 13).

 

   Dije también que nuestro poeta aborda lo que la realidad muestra, que él contempla y disfruta como parte de las vivencias de su conciencia con la onda sutil de lo viviente, y, con esa profunda dotación que tiene José Enrique Delmonte para conocer la dimensión inasible de lo existente, llego a la conclusión de que una onda surreal, interiorista, simbólica y trascendente, subyace en la creación poética de este poeta dominicano, y en el fragmento poético que cito a continuación el poeta aborda la realidad, y con sus sentidos sensoriales capta las manifestaciones sensibles, pero él no se queda en las manifestaciones sensoriales, sino que va más allá porque procura lo ultrasensible, es decir, esa onda sutil, interna, esencial y profunda que tienen las cosas; por eso él valora las cosas invisibles de la realidad, esa dimensión sutil y entrañable que tiene toda realidad y que concita su intelecto, su vocación creadora con la identificación que él experimenta ante la dimensión profunda de lo viviente, como lo demuestra en esta parte de su creación, indicativa de una onda surreal, interiorista y simbólica subyacente en la creación poética de José Enrique Delmonte:

 

Si partes la naranja

tu materia tu rudeza se adelgazan

entonces flotas y flotas

sobre la alfombra de tu olfato

Suceden tantas cosas invisibles

cuando alguien te permite dividirla

a un lado tan igual

a un lado tan distinto

hay caminos que estimulan

la lucidez de tus gozos.

(La redondez de lo posible, p. 16).

 

   Dice José Enrique Delmonte en el poema titulado “En el borde” que la ventaja del mundo plano es alcanzar por fin el horizonte. Esa es una palabra clave, “horizonte”, y, efectivamente, en ese fragmento poético el concepto del vocablo horizonte tiene una connotación simbólica, y ya dije que el simbolismo es una de las vertientes estéticas de este poemario de Delmonte y, de hecho, cuando un poeta aborda una palabra, cuando un creador usa una palabra con un sentido simbólico, es un aspecto clave y muy valioso en la creación poética porque la dimensión simbólica tiene un carácter representativo de valores subyacentes que no se ven, y acontece que el horizonte es muy importante porque todo tiene un horizonte, y ese horizonte implica que hay algo más allá de lo visible, una dimensión profunda y trascendente, un significado oculto y subyacente, y todo cuenta con esa dimensión profunda, esa es una dimensión singular en la poética de Delmonte porque contribuye a darle esa categoría estética, lírica y simbólica a su creación poética como se aprecia en este poema:

 

La ventaja del mundo plano

es alcanzar por fin el horizonte

Tan simple el horizonte…

Apenas una lejanía inconsciente

cargada de grafitis con el nombre

de los sonámbulos que no retornaron nunca.

(La redondez de lo posible, p. 17).

 

   Para cualquier lector podría ser un desafío internarse en la onda sutil de este poemario, que parece indagar la arquitectura del misterio que las cosas encarnan, y eso que acabo de decir, “la arquitectura del misterio que las cosas encarnan”, tiene una alta significación en la visión estética, filosófica y  espiritual del autor de esta obra, justamente porque él, como arquitecto y poeta, indaga esa dimensión medible y estética de las cosas, y al decir que él procura “la arquitectura del misterio”, es una expresión sugerente para identificar esa singular vertiente que contiene y canaliza esta obra poética de José Enrique Delmonte. En una parte de su poemario él habla de “esos rugosos filamentos de la realidad” que se alza con las arras de estivales, y entonces en esos términos crípticos, secretos, profundos, el autor de alguna manera está revelando que pudo penetrar en esa dimensión inasible de la realidad, y esa es una virtud poética del autor de esta obra, como se manifiesta en el siguiente fragmento del poema titulado “A veces el miedo”, porque el miedo siempre está presente en los creadores de poesía y ficción, pues el miedo activó las neuronas cerebrales que dan cuenta de la capacidad de la captación sutil de lo viviente, de la dimensión creadora de la conciencia para percibir lo que la realidad sensorial oculta:

 

A veces el miedo

mece las brasas del alfa impenitente

que conduce a la nada

vuelca la paz hacia simientes

de rugosos filamentos

se alza con las arras

de estivales desenlaces

y vuelve a dormitar

entre los vaivenes de la inercia.

(La redondez de lo posible, p. 19).

 

   Crear una realidad verbal es parte de la condición poética de los autores que canalizan y plasman su singular percepción de las cosas. Por eso dice nuestro poeta que el dominio del yo destruye ondulaciones. ¿Por qué? Porque justamente el yo te separa de la realidad de las cosas por cuanto puede hacer que se pierda la perspectiva de lo que las cosas son cuando se mira el mundo con una visión egoísta y limitada. La condición poética de superar el yo justamente lo hace para percibir las ondulaciones entrañables de las cosas, que es una manera de decir que el poeta quiere crear una realidad verbal con la cual pueda testimoniar lo que su intuición percibe: 

 

el dominio del yo

destruye ondulaciones

en los puntos cardinales

en que una vez el hombre

fue uncido tantas veces

(La redondez de lo posible, p. 20).

 

   Nuestro poeta sabe, y como lo sabe lo dice, que está consciente de que está instalado en la realidad, de que tiene un punto de contacto con el Universo. Y sabe también que, además de la realidad visible, hay una realidad invisible, una realidad sutil y trascendente por lo que Platón hablaba del mundo ideal (3), que establecía en el “más allá”, y entonces el poeta consciente de que está en este “mundo real”, y consciente de que hay un mundo, por decirlo así, ideal, un mundo superior a lo visible, es una manera de señalar que como realidad sensible puede testimoniarla, pero también puede hablar de las señales trascendentes, de las irradiaciones sutiles del más allá que su conciencia profunda le permite intuir al hacer contacto con el Numen de la sabiduría espiritual de la memoria cósmica, pues le sugiere la posibilidad de hacer una creación poética inspirada en esa realidad sutil:

 

En este lado

las cosas se asemejan al eco

retornan en voces

o descansan en las manos

se convierten en sirenas

o cabalgan sobre la espalda

de las hojas

basta mirar el horizonte

para saberte de este lado

no es suficiente la nostalgia

para tantas repeticiones de asombro.

(La redondez de lo posible, p. 23).

 

   En otro de sus poemas el poeta nos habla no solo del miedo, que es connatural a todo ser vivo y también a todo creador de arte, y también habla de los afectos y señala que lo importante es lo que queda, es decir, en la contemplación de lo real no percibimos todo lo que la realidad muestra, ya que solo percibimos fragmentos de la realidad, porque normalmente percibimos los datos sensoriales de las cosas, por lo que muchas manifestaciones suprasensibles que emite la misma realidad, como los efluvios que manan de ella, de las cosas que permanentemente fluyen, que nuestro poeta lo sabe y lo siente porque suele percibir la voz de las cosas, una vertiente sutil, secreta y entrañable que perciben los poetas en virtud de su afinada sensibilidad para captar esa dimensión suprasensible de la realidad o podríamos decir esa faceta sutil de la realidad. Entonces por esa razón suelen escribir versos enigmáticos, simbólicos, crípticos, aspectos incompresibles porque es difícil plasmar en voces comprensibles lo que es incomprensible de la realidad, y ese es el enigma de la profunda creación poética, ese es el dilema de la creación poética que aborda el misterio, como se aborda en esta obra de Delmonte y, entonces por esa razón pocos van a entender el significado profundo de esta creación poética, la dimensión trascendente que ha logrado canalizar el autor de La redondez de lo posible justamente por esa dimensión sutil, profunda, enigmática y criptica de la realidad, que solo la poesía profunda puede aludir con su lenguaje simbólico, con el caudal de las imágenes propias de la creación poética, como se puede ilustrar en los siguientes versos:

 

Lo importante no fue

la grandeza de los miedos

cuando nos sabíamos

vulnerables al tiempo

ni la secuela de conquistas

sobre equinos de madera

ni la ampliación de los afectos

asentados en lazos.

(La redondez de lo posible, p. 31).

 

   El equilibrio de fondo y forma, pautado por el principio de la sofrozyne de la antigua retórica griega, no siempre la aplica el autor de esta obra cuando aflora el predominio del concepto sobre la belleza, los dos aspectos concurrentes en la obra de arte, aunque a veces se revierte a su favor concitando una virtud estética en nuestro poeta, como es la belleza del concepto, según se aprecia en la siguiente estrofa:

 

Es tan tenue la distancia ancha

de la boca que separa la gigantez de la esencia

que allí sobresale el miedo

o se percibe la mirada de los errantes conocidos

es tan roja la esfera del pecado

que nos asumimos ruido

nos convertimos en simiente

nos trasnochamos en la nada.

(La redondez de lo posible, p. 32).

 

   Desde el principio de los tiempos, cuando los humanos adquirimos consciencia de que las cosas comienzan y terminan, también se tiene conciencia de que hay una eternidad a la que aspiramos merecer en atención al destino último que a todos nos aguarda. También desde la época de los antiguos presocráticos hay la consciencia del principio y ordenamiento de las cosas. De hecho, fueron esos antiguos pensadores presocráticos quienes concibieron la idea de que todo tiene un principio, de que todo tiene un fundamento y un ordenamiento, y en virtud de ese pensamiento o de ese fundamento las cosas tienen una consistencia aun cuando sean perecederas. Decir que las cosas tienen una consistencia pese a su condición precederá, significa que hay una esencia que permanece y trasciende, y eso es lo que los poetas buscan, eso es lo que los poetas testimonian. Ya decía Rainer María Rilke que la misión del poeta es testimoniar la condición esencial de las cosas pasajeras justamente para que permanezcan en la forma del poema tras el paso fugaz de la apariencia sensible de las cosas, y eso lo siente nuestro poeta cuando habla de la fogosidad de las nubes, o cuando enfoca la incertidumbre de las cosas como aparece en estos versos que citamos:

 

no sé si pedir las cosas

para llevar o para quedarme

es apenas un segundo

de eternidad inconclusa

parecido a la fogosidad de las nubes

puede que transite en círculos

o prefiera descender en espiral

hacia el principio de las cosas

donde mora la incertidumbre

como si fuera cierta.

(La redondez de lo posible, p. 35).

 

   La pauta estética del fabula docet de los teóricos renacentistas enseñaba que el texto poético debía contener, inherente a su forma expresiva, un contenido edificante, principio que la práctica de los poetas auroseculares, dígase Lope de Vega, Garcilaso de la Vega, Pedro Calderón de la Barca, fray Luis de León, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y otros, se formalizó, más que en la belleza de la forma, en la belleza del contenido, cifrado en un pensamiento luminoso. Pues bien, testimoniar el impacto que lo real produce en la conciencia, como lo hace José Enrique Delmonte en su obra poética, es también una forma de creación interiorista con alto valor conceptual, logro que revela la destreza creadora de un pensador con alto sentido del arte, que también valora la palabra como fuero, cauce y medio de creación estética y espiritual.

   Valerse de la creación poética para mostrar una visión de la ciudad, una inmersión en la conciencia y una valoración del sentido, entraña un ejercicio intelectual y estético de honda urdimbre, como lo ha hecho José Enrique Delmonte en La redondez de lo posible. Cauce del arte de la creación verbal, y también eco de una intuición creadora con sentido.

 

Bruno Rosario Candelier

Encuentro del Movimiento Interiorista

Centro de Espiritualidad San Juan de la Cruz

La Torre de La Vega, 20 de noviembre de 2021.

 

Notas:

1.    José Enrique Delmonte (Santo Domingo, República Dominicana). Arquitecto, poeta y ensayista. Reconocido por sus estudios sobre arquitectura y urbanismo dominicanos publicados en distintos medios. Ha publicado Sesenta años edificados. Memorias para la construcción de la nación, Guía de arquitectura de Santo Domingo, Historias para la construcción de la Arquitectura Dominicana –coautor-. Irrumpió en el escenario literario con el libro Alquimias de la ciudad perdida, un recuento de relatos breves sobre la ciudad de Santo Domingo. Ha ganado el Premio de la Universidad Iberoamericana (UNIBE) 2010, 2011 y 2012. Su poemario Once palabras que mueven tu mundo, editado por Sial Pygmalion, recibió el Premio Iberoamericano de Poesía en la Feria del Libro de Madrid 2014. Sus poemas han sido incluidos en antologías de la poesía dominicana. Doctor en Lingüística y Literatura por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. El poemario La redondez de lo posible fue premiado y publicado en España.

2.    José Enrique Delmonte, La redondez de lo posible, Toledo, España, Ed. Celya, 2017.

3.    En La República, y también en El Banquete, Platón refiere el concepto de “El mundo ideal”, ámbito de la trascendencia que ubicaba en ese litoral sutil de En the selene.