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sábado, 9 de mayo de 2026

Inmersión en ‘La palabra más larga’: La voz a contratiempo de José Enrique Delmonte

 


POR: PRISCILA VELÁSQUEZ RIVERA


A José Enrique lo he conocido tres veces.

La primera, una mañana de 2007. En un evento sobre construcción. Allí conocí al arquitecto. Me sorprendió su lenguaje que parecía estar tan habituado al dibujo como a la palabra.

En él habitaba la paciencia de quien ha visto desmoronarse muchas fachadas y erguirse otras, pero que preservaba las que aún tuvieran memoria. Reconocí en él una afortunada sensibilidad.

La segunda vez fue en 2020. Cuando alguien le propuso presentar en un conversatorio mi ópera prima y el aceptó. Fue una apuesta temeraria: yo era una autora menos conocida y se exponía a los rigores de la crítica del entorno. Era un acto de fe. Y, aun así, lo hizo. Ese día conocí al caballero y al ser humano.

Y la tercera ha sido en su obra literaria. De manera puntual, a través de La palabra más larga, aquí he conocido al José Enrique Delmonte total, al poeta multipremiado que trasciende, que integra al arquitecto, al conservador de monumentos, al urbanista, al profesor, al gestor cultural y al ensayista, para dar sustancia a lo ingrávido a través del verso. Construyendo con palabras, espacios calculados hasta el último milímetro, como lo hacía el catalán, Premio Cervantes 2019 y también arquitecto Joan Margarit.

Lo primero que llamó mi atención de este poemario es que un poeta comprometido con el laconismo, reconocido además por esto, titulara su poemario La palabra más larga. Un texto, que debo confesar que disparó mi proceso creativo y despertó mi emoción con tal fuerza, hasta lanzarme a escribir un ensayo, que he titulado Inmersión en ‘La palabra más larga’ La voz a contratiempo de José Enrique Delmonte.

Después de leerlo varias veces, noto una voz singular, de furiosa sutileza, con personalidad y con una valentía estética que marca un nuevo rumbo en la poética del autor y en la creación contemporánea dominicana, y que, sin duda, tiene ecos de otros gloriosos tiempos y de otras geografías.


Parto de estos dos planteamientos:

1) Hay en La palabra más larga nuevas dimensiones que son la expresión de la búsqueda consciente por el autor de su voz propia. Si bien en sus dos poemarios anteriores —Once palabras que mueven tu mundo y La redondez de lo posible— trata temas como el amor y la belleza con su estilo lacónico usual, con su prolífica imaginación y su reconocida destreza, en este nuevo conjunto de poemas descubrimos otros espacios —algunos muy arriesgados— no explorados por él, donde preponderan lo mágico, lo desconocido y la profundidad del pensamiento.

2) Pese a coincidir con la opinión de muchos de que la trascendencia internacional de la literatura dominicana, sobre todo en la poesía, habría debido ser mayor considerando que nuestro país ha contado y cuenta con prominentes exponentes del género desde el siglo XIX hasta nuestros días (tendencia que por fortuna va cambiando), creo que estoy frente a un libro que también lo logrará.

Intentaré demostrar, descodificando tres poemas, la primera hipótesis en esta reseña.


La segunda se la dejo al tiempo.

Abro el libro como quien entra a una habitación silenciosa y empiezo a leer. Es con el siguiente epígrafe del poeta dominicano y fundador del postumismo, Domingo Moreno Jimenes, con lo que José Enrique me tiende la mano, me saluda, nos saluda anticipando cómo piensa, recogiendo en cuatro líneas cómo ve al mundo: «Yo concibo el arte inlímite, infinito por naturaleza e indefinido por sustancia; que no detiene jamás al ser su facultad de crear, que eslabona los anillos del hombre con el cosmos, en vez de romperlos...»

El rótulo de la edición es promesa, porque en cada página el poeta se desvanece para crear con una chispa infinita un universo mítico, intrépido, arriesgado, conformado de fauna, planetas, y almas ambiguas atrapadas en cuerpos insustanciales. Y lo mejor es que lo consigue con el menor número de vocablos en La palabra más larga.

Me recibe el primer poema, «Islar», una sentencia iconoclasta y hermosa: «Yo por el derecho a ondular bajo palabra / te acuso a ti / de verter el mar en las fauces de las nutrias / de apisonar palmeras moribundas / de azuzar tormentas / de robar ternezas a las algas. [...] De ahora en adelante / digo / todo lo que sueñes / será plagiado en tu contra / y podrás ser condenado a/ repetir un verso libre / y a que las tortugas / desoven en tu voz».

Estos versos poseen una rebeldía intelectual y estética. Hablan de una profanación de la naturaleza poética del mundo, del lenguaje. Veámoslo.

En los dos primeros versos —«Yo por el derecho a ondular bajo palabra»—, encontramos resistencia, intensidad, desobediencia, rebelión. El yo lírico reclama un derecho: el de ondular, verbo que conecta con la plasticidad del lenguaje. Luego, las acusaciones metafóricas aluden a un mundo donde la injusticia es ecológica, geográfica, simbólica y lingüística. ¿Será una alegoría del lenguaje violentado, de la censura, del destierro insular, de la muerte de los sueños?




1 José Enrique Delmonte. La palabra más larga. Poemas. Madrid: Sial Pigmalión, 2024, p. 11


Sin embargo, no hay lamento, sino sentencia. El poema devuelve el castigo al que crea: «todo lo que sueñes será plagiado en tu contra» hay ironía y advertencia, liberación y condena.

Una condena permanente y lenta: «y a que las tortugas / desoven en tu voz».

Después de leer «Islar», supe que había hecho bien visitando la íntima palabra del poeta.

En su núcleo tiene una fuerte imaginación lírica que sacude. Sentí la ira del juez que elucubra con el lenguaje una grave acusación, que es también un viaje asombroso a la biología del mar; como al reo a quien imponen una pena con tanta belleza. Y deseé ser ese condenado para seguir creando pese al mal augurio. Al terminarlo, sentí una herida leve, antigua, que no sabía que seguía abierta.

La que siente todo aquel que nació y creció en una isla. Sobre todo, en esta.

«Islar» no es solo un poema; es un nuevo verbo, es una forma de vida y en su invención hay una discrepancia creadora. No sigue el ritmo dominante, siembra un nuevo camino de tensión y belleza. Tal vez por eso, el autor y su editor eligieron que presidiese el poemario, porque desafía el compás de su época, porque vaticina una voz a contratiempo.

Percibo un giro vertiginoso de ánimo en «Algarabía de magia». Un poema breve, que privilegia lo desbordado por la emoción y lo fugitivo del recuerdo. Esa economía del lenguaje es el cielo en poesía.

En el giro de lo que aún llamo marzo la memoria exuda tres o cuatro episodios de niñez.


Imposible definirlos.

El primer movimiento es una secreción poética de la infancia, como si el sujeto lírico reconociera que a la niñez no se puede volver, que hay tiempos que no pueden reconstruirse, sino sentirlos como una sombra vaga o un sueño confuso. Es una voz que sabe que el recuerdo es mito y, como tal, es imposible definirlo.

La palabra «exuda» es crucial: dota de corporalidad al recuerdo, ese que surge sin ser llamado y que consigue evocar el propio. Pienso en mi infancia, pero también encuentro en esa voz la patria de Rilke, y a Paul Celan («Negra leche del alba»2), voces en que el silencio pesa más que las palabras. Sobre todo, resuena el poeta rumano por el uso de símbolos paradójicos para describir acontecimientos del pasado sin nombrarlos explícitamente, usando la inquietante contraposición de la lógica como recurso:

Algarabía de magia que entre tanta confusión de polen abre una esfera de apenas dos segundos.

El núcleo lírico es la niñez como una fiesta desordenada de primavera, donde el vocablo «polen» me parece un símbolo contradictorio audaz —alegórico de la primavera, pero también de confusión, de alergia, de fertilidad descontrolada—; actúa como velo y, sin embargo, permite el brote de lo eterno en lo ínfimo: «abre una esfera de apenas dos segundos».

En «negra leche del alba», Celan antepone la oscuridad a la pureza de ese líquido blanco maternal que sirve de alimento al mundo y lo maldice. La contradicción como símbolo oculto es una correspondencia entre ambos autores.

2 El verso entrecomillado «Negra leche del alba» es el comienzo del poema «Fuga de la muerte», de Paul Celan. Cfr. Paul Celan. Fuga de muerte. Revista de la Universidad de México, n.o 920 (edición en línea). Consultada el 19 de mayo de 2025.

El verso final es una especie de adagio elegíaco. Ese instante donde el tiempo, la memoria y la infancia se entrecruzan en una esfera efímera de una pérdida dolorosa e inexorablemente bella.

Solo en marzo

Para tanta eternidad.

Un poema fugaz, inasible, pero inolvidable como lo eterno.

Entro al tercer poema: «Lámina de costa», presa de la nostalgia que me dejó el anterior. Es un vuelco paradójico: si «Deadline» extinguía, «Lámina de costa» resucita con la voluntad de negar el linaje y fundar su propio mito personal. El poema abre con una invención absoluta, casi chamánica, al lavar «la espalda del manatí más antiguo de la isla». Los primeros versos son una escena de un mundo paralelo que parece regirse por sus propias leyes metafóricas.

Lavo la espalda del manatí más antiguo de la isla una merluza contempla y le ofrezco un tercio del último arcoiris de septiembre.

Se acercan dos juglares dejan sus ojos colocados en la arena y componen un cántico.

Descubro un alabastro partido en dos es la cara de un tirano ya olvidado el manatí roza mi pie confía que soy su padre. Lámina que toca el agua y la costa donde soy anfibio intermitente.

El poema me desconcierta por su poderosa imagen. No se trata de una celebración de la naturaleza, sino de una reinvención mitológica del mundo: juglares que dejan sus ojos en la arena, un arcoíris fraccionado como ofrenda y una identidad anfibia —«donde soy anfibio intermitente»—. La mención del «alabastro partido», rostro de un tirano ya olvidado, introduce una nota de historicidad, pero solo como ruina, como resto estético del poder vestido por el tiempo.

Me pregunto si será una celebración del olvido como libertad.

Hay en este poema una autonomía, una voz distinta, una capacidad imaginativa innegable.

Vuelve a mi memoria la obra de la mexicana Coral Bracho, porque se dirige desde la ruptura radical hacia otras posibilidades. Sin embargo, me atrevo a decir que, aquí, la voz de Delmonte nos dice algo más.

Creo que, en esta muestra, de otros trece poemas analizados en mi ensayo, descansan los argumentos que sustentan mi hipótesis. Estoy segura de que los demás solo afianzarán la teoría de que esta «voz» dentro de la voz es nueva. Una voz que no imita, donde hay una rebeldía estética que nos revela una nueva forma de sentir y de escuchar; una voz que sorprende y cambia el ritmo del pulso poético convencional; que circunda -sin rozarlas- voces grandilocuentes como las asociaciones puras de Blake, la libertad en la estructura de Dickinson, la simbología de Arthur Rimbaud, lo oculto de Celan, o la ruptura de la mexicana Coral Bracho. Pero, lo más importante, es que, sin duda, es una voz que se subleva a sí misma. Una voz a contratiempo.

Les invito a quedarnos en La palabra más larga.

Intuyo el nacimiento de algo eterno.

Fuente: https://hoy.com.do/suplementos/areito/inmersion-palabra-larga-voz-contratiempo-jose-enrique-delmonte_1086535.html